Por: Mónica Vargas León

En 85 minutos dos mujeres, madre e hija, lo adentran a uno en lo espeso de esa selva que todos atravesamos cuando volteamos la mirada a los que nos antecedieron.

Es innegable que no somos solo este momento, que somos historia, los que sobrevivieron para darle paso a nuestra llegada; somos nuestros abuelos y abuelas, y todos los que estuvieron con y antes que ellos, y se quisieron de alguna manera. Más que nada, somos nuestras madres, ese canal por el que vinimos a dar a este mundo raro en el que se nos dicen tantas cosas, muchas de ellas mentiras.

Clare, apunto de convertirse también en mamá, decide terminar una película sobre la suya, una mujer aguerrida y sin máscaras que, luego de muchos ires y venires, eligió la selva como su hogar. Ambas, madre e hija, son tan hermosas y auténticas, y se dejan en la cinta con una desprevención tan encantadora, que enamoran y conmueven hasta el llanto.

La hija cuestiona a la madre, que solo puede responder: “mi vida fue mi vida”, y “lo más importante en la vida de uno es la vida de uno”.

La madre, provocadora de risas, lágrimas y rabias, no pretende ocultar el dolor que le causó la muerte de Carolina y, peor aún, el hecho de que Diego no sea feliz porque, asegura, los hijos deben ser felices, cerca o lejos de sus padres, deben ser felices.

Valerie, esa mujer excepcional que tantos reprochan –“porque uno sí puede ser así pero no cuando tiene hijos”- es además una oda al movimiento, a la apuesta constante de una existencia con un sentido más allá del encasillamiento en el que nos quiere sosegar siempre el sistema.

“Cuando nos negamos a tomar riesgos y cerramos la puerta a lo inesperado, a lo desconocido, sofocamos nuestra vida y nuestra existencia se convierte en una aburrida rutina. El vicio de escoger siempre lo seguro ahoga nuestra vida y es un insulto a nuestra energía vital, que se renueva cada vez que confiamos en ella, cada vez que tomamos un riesgo”, dice ella con una calma envidiable.

No es fácil ser mujer. Nos juzgan y nos juzgamos con mucha facilidad, ignorancia, impunidad. En ese momento en el que Val, la madre de ‘Amazona’, no entiende por qué su hijo es tan desordenado y caótico, un “hummm” de reprensión generalizado se toma la sala de cine. Como si la libertad de la mujer irreverente que dejó ir a sus hijos fuera la causa de la drogadicción de uno de ellos. Como si se pudiera ser así, libre, pero no cuando se decide ser mamá.

Esa entrega desmedida, y yo diría hasta criminal, que se les exige a las madres no garantiza nada. Nada más allá que el ser humano que eligió traer hijos a este mundo muchas veces se anule a sí misma. Perdemos de vista que, antes que mamá, la mujer es mujer.

Imagino que no hay fórmulas ni recetas. Imagino que muchos se sentirán ofendidos con la sinceridad de Val, que a mí me parece encantadora. Puedo decir, sin imaginarme nada, que ‘Amazona’ es una pieza potente e imperdible, que nos lleva a contemplar una realidad diferente a los estereotipos que nos han definido por tanto tiempo pero que, siempre será posible cuestionar.

Amazona se estrenó el 24 de agosto del presente año en las salas del país.