Por: Carolina ‘Girasol’

 

“Gracias a la vida, que me ha dado tanto…
Me dio dos luceros…
 Me dio el corazón, que agita su marco
…Y Dios alumbrando la ruta del alma…”
Violeta Parra

9:56 de la mañana, oigo su grito interminable en el instante preciso que atraviesa mi pecho. Olvido por un  momento, el profundo y latente ardor entre mis piernas abiertas y cansadas.

10:10 a.m., sus manos, sus ojos, mis lágrimas, su calidez;  mi mundo abierto y sangrante.

Cómo amar tan vitalmente en medio de tanto dolor, de qué color se tiñe  el amor espontaneo…

Un domingo cualquiera para mí. El inicio de una vida nueva. Llena de  vida. Sí, dos vidas hechas carne e incertidumbre.

Me hice madre, por primera vez a los 15 años.  Un mes y cuatro días después de cumplirlos ya tenía al lado de mi  almohada un hermoso negrito. Un domingo 22 de febrero de un año de estos locos del nuevo siglo XXI, nació mi hermoso hijo David Mateo. Día inolvidable.

Hoy 14 años después, cuando lo miro desprevenidamente y veo sus ojos grandes y negros, su piel morena y fina, su cuerpo ya formado (es deportista), no se me viene otra cosa a la cabeza que ese día.  El día de su nacimiento. Mi columna se partía en dos, mis piernas y mi  fuerza eran una sola. Magia divina.

Jakeline: inicio esta conversación contándote la más fina sensación que tuve después de parir a mi primer hijo, pues sin duda, ese palpitar en la columna o el ardor  duplicado en decenas astronómicas, nos identifican como madres. ¿Habrás sentido lo mismo con tus hijos? No lo sé, lo que sí sé, es que el amor que les profesamos a esos seres, llámense hijos, amorcitos, mis chinitos, o como queramos: Juan, Pedro, Sultán, Heráclito, Pármeno. Ese  amor infinito hacia ellos, sí que nos identifica y, aún más, nos une a todas las madres de la existencia, pues casi de manera invisible y profunda, todas, todas, buscamos lo mejor para ellos y su vida.

Pensando en esto último, me la he pasado pensando, desde que Mateo y Ernesto (mi más reciente hijo) nacieron (esa sí que es otra historia), ¿qué puedo hacer yo, para darles lo mejor? Ya te imaginarás por lo rumbos que he transitado para que eso se vaya haciendo real. Desde trabajar en restaurantes clase 1 y clase 7, hasta laborar como anfitriona en  hoteles  de toda la ciudad. Sí, a los 15 años me conseguí, (como dirían por ahí) una “palanquita” que me relacionó con el mundo laboran informal y a si logré, durante sus primeros años, darle lo necesario. Cuando cumplió 2 años me gradué del colegio. Ese sí que fue mi mayor orgullo. A pesar de lo duro del embarazo y su llegada a mi vida. Sentí que no había fallado con la decisión tomada; por el contrario, lograría algo más que me movía el corazón…

Seguí trabajando cerca de tres años en estos lugares y solo hasta que cumplí 18 años me postulé a una empresa, esa era mi mayor ilusión y necesidad: cumplir 18 (disque la mayoría de edad). Y tal cual, a los pocos meses de estar en el dieciochoavo piso de mi vida, encontré chance en una empresa de envíos y correspondencia. Era en la noche: de 10 p.m. a  6 de la mañana. ¡¡Waoo!! Esto sí que fue un reto. ¿Qué piensas que pasó? ¿Lo logré? No. Al año de  trasnochar, me sacaron de allí. Aun cuando todas las noches le pedía a la luna (es  una de mis fuentes de fe) que  me  diera fuerza en el cuerpo y en el  alma, pues me sentía muy cansada y hasta me dormía en el trabajo. Pero no por floja, o por perezosa, no. Creo que la causa del deterior  físico se debía a que  en el día, estudiaba.

Estaba inscrita en la Universidad Pedagógica Nacional. Una de las más importantes de nuestro país en materia de educación. Después de haber buscado algunas opciones, y de haber estudiado duro para pasar las pruebas. ¡¡¡Pasé!!! Y a rodar se dijo. Empecé una carrera que me llenaba de alegría, pero que sin duda me implicaba más esfuerzo, arriesgarme, soportar el nivel de trabajo académico y laboral. En fin, un hijo de 3 años, un trabajo nocturno y cientos de lecturas para la semana.

Te preguntarás a estas alturas por el personaje, por ese al que le permitimos, y vaya que  le permitimos tanto, hasta no ser nosotras sino, al parecer, parte del mugre de la uña gorda de su pie.  Pues no, no está, no ha estado y no estuvo. Compañero de mi colegio, nos enamoramos en el camino hacia la casa cuando conversábamos sobre la música, los amigos y los dulces. Poco a poco nos fuimos queriendo y vaya que lo hicimos. Hasta  cuando mi estado ya no era un juego de niños. Siento que, desde que le dije “estoy embarazada” todo cambió. Lo sentí a los 14 años y lo sigo creyendo hoy, solo que con otro hijo; igual de hermoso. No me preguntes por qué, sabiendo la clase de persona que es, le di otro hijo. ¿Amor? ¿Ilusión? ¿Añoranza de familia? Tal vez todo, o simplemente  obra de Dios. Tal vez.

Hoy solo quiero pensar en sus ojos, en sus sonrisas, en su fervor cuando cumplen metas, ganan juegos o anotan goles. Esta es mi mayor fortuna y tal cual dice la Violeta Parra: Doy gracias a la vida por darme tanto. Me dio fuerza, tal cual se la pedí a la luna: logré graduarme de la universidad, esta vez con 25 años, un hijo de casi 10 años,  otro de un año y una madre hermosa (algo convulsionada por su historia de vida) e irremediablemente cómplice de mi locura, pues solo gracias ella soy lo que soy ahora.

Ahora te pregunto, ¿a quién le pides fuerza? ¿A la luna, a Dios? ¿Qué sueñas para ti? ¿Qué quieres lograr, ¿a qué te quieres retar?

Pronto nos vamos a encontrar, y muy seguramente no sabremos que decirnos de repente. Lo que sí me gustaría que sepas es que, por alguna razón, la luna, la misma que me  dio tanta fuerza en aquella oportunidad, se ha quedado para siempre en mis adentros. En mi corazón ha sembrado su semilla de amor y rebeldía en mí. Su magia divina, su sabiduría, su amor infinito de madre y mujer, por lo que me ha dejado un mensaje. Por ello  te propongo con esta pequeña carta, descubramos juntas ese mensaje, pues, solo unidas, así, junticas, lograremos transformarnos unas a otras.

Con todo cariño ,
Carolina “Girasol”