Por: Laura López

La semana pasada, una oleada de indignación, de esas que no dura más de tres días, hizo que cientos de personas se deshicieran en madrazos para H&M. ¿La razón? No gustó un saco que le pusieron a un niño de piel oscura, en el que se podía leer “coolest monkey in the jungle” (el mono más genial  de la selva) y, casualmente, al lado estaba otro chico, blanco, con un saco que leía “experto en supervivencia”.

La respuesta no se hizo esperar. Los mismos indignados fueron personalmente a las tiendas H&M de Estados Unidos y destrozaron los estantes y desordenaron las prendas, en rebeldía total. La tienda, según dicen, tuvo que bajar sus precios al máximo para compensar la ‘embarrada’, después de eliminar la foto ipso facto.

También te puede interesar: ¿QUÉ NOS MOVILIZA?

Es apenas lógico que en pleno 2018 ya no se tolere un anuncio racista. Aplaudiremos siempre que las personas pidan respeto hacia su color de piel, su historia. Eso es válido. Lo que no cuadra en toda la historia es la indignación selectiva.

Es decir, H&M es todo, menos un faro moral. Pedirle a una marca que fabrica sus prendas en Bangladesh pagando una miseria a personas que trabajan 12 horas al día que por favor replantee un aviso en una prenda es, por decir lo menos, risible.

¿Por qué no nos indigna la miseria? ¿Por qué no podemos convertir la indignación en un cambio de mentalidad a largo plazo?

En navidad las tiendas estuvieron a reventar. No se puede culpar al colombiano promedio, que mira su bolsillo y hace una cuenta rápida: 200.000 pesos por un pantalón en una tienda que procura que su ropa no sea hecha en condiciones de trabajo indigno, o cuatro pantalones de 50.000, sin derecho a cuestionar de dónde vino esa tela, cuántos ríos contaminó, etc.

Diciembre es bello para quien recibe los regalos, pero no para quien los fabrica. ¿De verdad, todavía, parece que lo peor de H&M sea un anuncio racista? Si bien el simbolismo es importante, al igual que la representación y el mensaje que vemos en las cosas que compramos, tenemos cosas más grandes de las cuáles preocuparnos, y el tiempo corre.

Dirán que la economía es un juego difícil, y que la única manera de entrar al sistema es, al igual que en Transmilenio, a empellones. Pasando por encima del otro. Pero aunque el sistema busque sofocarnos y parezca que las salidas están lejos, siempre habrá opción de no jugar el juego. No comprar a las marcas que no dignifican las manos que tejen, cosen, pegan y doblan. No comprar la rebaja, pensando siempre en que, de aquello que yo pago solo el 1%, si mucho, llegará a las manos de una madre soltera. ¿Estamos indignados? Peleemos con la única arma que tenemos: nuestra decisión. Podemos participar y entrar a la bola de nieve (sabiendo que nos aplastará), o hacernos a un lado, y hablar con nuestros cercanos para hacerles caer en cuenta que un tweet no va a hacer la diferencia, pero dejar de comprarle a las marcas más tiranas de estos tiempos, sí.

Feliz 2018.