Lo que hace diferente al ser humano del resto de las especies que habitan el planeta Tierra es el lenguaje.

El diccionario define a la lengua como el “órgano muscular movible que se encuentra fijado por su parte posterior en el interior de la boca de los vertebrados” y que, “en los seres humanos, interviene en el gusto, en la masticación y deglución de los alimentos y en la articulación de los sonidos de la voz”. La articulación de los sonidos de la voz no es otra cosa que nuestra capacidad de hablar, precisamente eso que nos hace diferentes.

En Colombia, pese a lo que muchos creen, no solo se habla español. Menos de un millón de personas hablan 68 lenguas indígenas distintas a lo largo y ancho del territorio nacional. Sin embargo, antes eran más personas y más lenguas.

El investigador del Instituto Caro y Cuervo, Johnatan E. Bonilla, señala que, aunque no se cuenta con datos de hace un siglo sobre el estado de vitalidad, número de lenguas y de hablantes que puedan compararse con los estados actuales, “durante los últimos cien años en Colombia hemos afrontado procesos complejos que han llevado las lenguas a estados de retroceso o extinción total”.

Cuando muere una lengua, muere una forma de ver el mundo, una cosmovisión. El lingüista Ken Hale, comparó la pérdida de una lengua con una bomba sobre un museo, el de Louvre, por ejemplo.

Han sido varios los factores que han repercutido en la muerte de las lenguas en Colombia.

Según el investigador, uno de ellos fue la fiebre del caucho, que se dio hasta más o menos 1945 en la Amazonia colombiana. “En el proceso de extracción del caucho se utilizó la mano de obra indígena y en el afán por extraer el recurso natural fallecieron pueblos completos, prueba de esto es que lenguas como el nonuya, karijona y tinigua tengan tan pocos hablantes, o ninguno, y que los sobrevivientes marquen a la extracción cauchera como el punto de pérdida de sus familiares, lenguas y culturas”.

Otro factor que indica Bonilla es el de la expansión de la frontera agrícola en los años 50. Esta, sustentada en la declaración del estado de territorios baldíos que permitía apropiarse de tierras “de nadie”. Según el investigador, esto obligó en los llanos orientales a que muchos de los grupos indígenas tuvieran que migrar de sus territorios tradicionales o enfrentarse a procesos de extinción.

“De esta época conocemos términos como cuibiadas o guajibiadas, que consistían en la cacería sistemática de miembros de los pueblos guahibo (cuiba, sikuani, amorua, wamonae, etc.) por parte de colonos”, explica Bonilla.

En los últimos 40 años, a la esclavitud y la cacería de otros tiempos se les ha sumado nuevos factores como el de la extracción petrolera, extracción de oro, la siembra de coca con fines ilícitos y el del desplazamiento por conflicto interno que tienen a la mayoría de los pueblos indígenas en riesgo de supervivencia lo que pone también en riesgo sus lenguas.

La religión fue, y sigue siendo, uno de los principales exterminadores de las lenguas y los pueblos. “Por ejemplo, el pueblo Nukak, de tradición nómada pero que ahora vive en Agua Bonita, Guaviare, tras ser contactado por los misioneros en los años 70 perdió cerca del 30 por ciento de su población por enfermedades adquiridas. Luego tuvo problemas con colonos que talaban la selva para siembra de pastos para ganadería o siembra de cultivos ilícitos y para completar la guerrilla los desplazó a tal punto que tuvieron que salir a la cabecera municipal de San José del Guaviare a principios de los 90. Al ser un pueblo de tradición nómada su relación con el territorio y la movilidad es indispensable, pero se encuentran en estado de abandono en una vereda cerca de San José, sin acceso a fuentes hídricas o de alimento. Si bien casi todos los miembros de esta comunidad, que son cerca de 50, hablan la lengua, el retroceso es complejo al no tener referentes inmediatos para la enseñanza a las nuevas generaciones y no contar con garantías reales de supervivencia física”, cuenta el investigador.

Pese a que desde 1991 han ocurrido hechos importantes con miras a proteger las lenguas, hoy por hoy el peligro sigue siendo latente. Seguimos contaminando las fuentes hídricas con mercurio para la extracción de oro, la tala de bosques se ha incrementado y nuevos actores armados aparecen en los territorios.

En principio, la Constitución Política de Colombia de 1991 reconoció el carácter pluricultural de la nación y postuló que las lenguas indígenas son oficiales en sus territorios. La educación para los grupos indígenas se define desde la ley 115 de Educación, como de carácter bilingüe. En 2010 apareció la ley 1381 de lenguas nativas que da todo el sustento político para el reconocimiento, fortalecimiento y documentación de las lenguas. Sumado a esto, se ha incrementado la investigación en las universidades, el acompañamiento a procesos de formación de docentes y traductores interculturales.

“Lenguas como el karijona, kawiyarí tienen menos de 30 hablantes, otras lenguas que son fuertes en sus territorios como el Embera, al llegar a las ciudades dejan de hablarse. Entonces el peligro es alto, depende de las comunidades y de las instituciones del Estado poner en marcha procesos de reconocimiento, fortalecimiento o recuperación, pero todo alrededor de garantías de supervivencia física de los pueblos y respeto a sus territorios ancestrales”, puntualiza Bonilla.

El investigador además señala que el cuidado de los territorios es clave a la hora de preservar las lenguas. “En el campo debe mejorarse la relación entre campesinos e indígenas. Todo tiene que ver con actitudes lingüísticas, generalmente son discriminatorias por hablar de forma diferente y esto lleva a que las comunidades dejen de hablar sus lenguas porque se sienten discriminados, entonces debemos mejorar las actitudes, desde la casa, desde la escuela, enseñar y vivir la diversidad”, dice Bonilla.

Ante la pregunta de si es posible recuperar las lenguas perdidas, el investigador responde: “es una tarea muy compleja, pero existen iniciativas como la de la lengua muisca que trata de recuperarse desde documentos como gramáticas y diccionarios recogidos durante la colonia. De contar con la documentación suficiente y con la intención clara y comprometida de una comunidad de hablantes es posible, aunque no se recupera la lengua como tal se hablaba, sería algo así como una versión renovada”.

Además, Bonilla concluye señalando la importancia de la preservación de las lenguas en el marco de un país en paz. “Las comunidades indígenas cuentan con manifestaciones orales para curar, para encontrar tranquilidad, para alejar los peligros. El conocimiento sobre el cuidado de los ecoterritorios se transmite gracias a las lenguas. Estos registros de la lengua les han ayudado a sobrevivir la guerra, de modo que son ejemplo a seguir y ayudan al postconflicto”, dice.