Por: Yuliana Álvarez Giraldo

Una tarde volviendo de almorzar a la oficina, un colega me mostró una foto desde su celular y me dijo, pilla, y yo, ¡ah sí el puente de Marsella… ahhh! ¡Y tu dibujo (en un sticker pegado en el puente!: severa foto! Pero mira: Insistió. Me fije mejor, y para mi sorpresa, yo estaba en la foto apunto de emprender mi camino por el puente.

Cada mañana paso una calle, rumbo a la acera desde la que se eleva por el costado sur, el puente. En esa acera se agolpan puestos de ventas “ambulantes” que, cada mañana, ofrecen jugos de frutas, arepas, empanadas y golosinas; y los bicitaxis, que van y vienen a un ritmo azaroso para acercar a la gente al puente, o recogerla.

Antes de llegar al primer escalón de la estructura, me encuentro a la derecha con el hogar improvisado de un anciano, debajo de la rampla para las personas con discapacidad o que van en bici. Están sus dos perros, varias cajas de cartón dobladas y otras cosas, todas dispuestas en orden. Y siento el leve vaho a orina de los transeúntes, que durante la noche y la madrugada, hacen una parada estratégica bajo el puente, usándolo de orinal.

A mi izquierda, me topo con la chica que reparte todos los días diarios gratis. “Buenos días, gracias”, le digo al recibir mi ejemplar (y sólo al escribir esto caigo en cuenta de que, por lo general, es a la primera persona que saludo al empezar el día).

Subo las escaleras al tiempo con varia gente. La mayoría va apurada como yo: parece una competencia de quién llega más rápido -quién sabe a dónde-… Ya sobre el puente, el panorama se amplía y se puede ver un torbellino de personas, son como hormigas chispeantes de vida, empezando cada cual la suya en distintas direcciones, casi todas hacia la estación del bus. Ahí, también van pedaleando ciclistas que al parecer ignoran que es “peatonal”, y me molesta.

Desde el paso elevado, caminando sentido sur – norte, se divisa en el horizonte cómo va desapareciendo el bosque Bavaria. Si fuera una pintura, parecería que algunos espacios entre árboles están destinados a otros árboles, para crear un bosque tupido. Pero no, por un decreto del gobierno de la ciudad, el cuadro desaparecerá por completo, y en su lugar: ladrillos y cemento.

En la mitad del puente, tomo el descenso hacia la estación del bus y sigo hacia los molinetes si tengo la tarjeta de pasajes cargada, si no, hago la fila para recargar. Ya dentro de la estación, mientras espero mi ruta, busco en el diario en primerísimo lugar el horóscopo y aunque una excompañera de trabajo me ha advertido que lo escribe la secretaría del director del periódico (ella trabajó allí), no me importa: disfruto leer lo que me depararan los astros para empezar el día.

De todo esto está cargada la mochila de una rutina, cada día, al cruzar el puente.

Gracias @Camoflaje por tu foto, que me hizo consciente de mi puente cotidiano.