Collage creado con fotos de: http://deltoroalinfinito.blogspot.com.co

Por: Danilo José

Eran como las 11 a.m. Unos 80 ambientalistas, y nosotros (mi amigo y yo), tomaríamos la avenida La Esperanza, en Bogotá, luego de un recorrido en bicicleta hacia el humedal de Capellanía. Los organizadores paraban y explicaban cosas: que historia, que los Muiscas, que la fauna y la flora, que el junco, que el búho listado. Aprendimos, aunque todo lo que dijeron lo hubiéramos podido ver en Wikipedia. Pero hicimos deporte. Y dieron refrigerio. Al punto de salir a la avenida, sobre una calle pequeña, con cierta timidez una señora hizo sonar el pito pidiendo paso. Mejor que hubiera echado la madre. Los insultos se agolparon sobre sus vidrios, ahora cerrados, que dejaban ver cierta mezcla de vergüenza e indiferencia en ella. “Que pase la adicta a la gasolina”, fue el que se me grabó. Mi amigo y yo callados, entre curiosidad y desconcierto. No volvimos a los ciclopaseos.

Otro día, en un parque público, la señora y su hija adolescente me vieron con desdén luego de que fui a acariciar a su perro –pues se acercó a olerme– y este sacó un berrinche que tuvo que ser contenido por su ama. El perro hijueputa quién sabe qué olió que lo mantuvo ladrándome con furia aun a varios metros de distancia. Sentí la mirada inquisidora de la vieja y su hija mientras se alejaban con el perro. Y sentí también la de la gente que vio la escena. Y juro que me avergoncé. Entendí bien la cosa con dos hechos que sucedieron después. El primero: una cerveza con un buen amigo que me dice “mi perro huele a la gente mala”. El segundo: una conocida en una conversación cualquiera me pregunta si tengo mascota, le digo que no: “¿en serio?” Sentí el tono inquisidor (juro no estar paranoico ni susceptible entonces, aunque lo estoy ahora).

Eso hicimos con dos actos banales: andar en bicicleta y tener mascota. Los volvimos progresismo inquisidor, les dimos aliento de moral y con ella, ahora armados, juzgamos a los otros. Eso explica las andanadas de antitaurinos (término problemático) empujando a ancianos antes de entrar a una corrida (Ver video: Fuertes protestas en reapertura de plaza de toros de Bogotá); o los discursos impostados en el comedor cuando, en familia o entre amigos, le sirven a uno un jugoso pedazo de carne. No digo que la fiesta brava o la industria de la carne –puerca y dañina como es– sean cosas banales. Incluso reconozco la importancia de andar en bicicleta en una ciudad como Bogotá. Hasta me gustan los perros, lo juro, así no tenga uno. Pero sé que hay muchos que viven su veganismo, por ejemplo, en el más feliz de los silencios, sin discursos ni doctrinas, sin señalamientos ni empujones. Y algo me dice que hacen más por el mundo ellos que quienes salen a adoctrinar a los demás, casi siempre sin éxito.

¿En qué se diferencian de las señoras que tocan las puertas con volantes de Jesús o las que se paran en la calle a persuadir incautos y sacarlos del pecado en el que viven? Cuando el exprocurador destituido llamó a la gente de bien para protestar contra lo que él y sus secuaces del otro partido –que ni es de centro ni es democrático– llamaron “ideología de género”, me temo que mucha de esa gente de bien casi se caga un acuerdo histórico de paz por cuenta de la envalentonada que les da su moral. Porque creen –estoy seguro que lo creen– que su moral, si no es la única, es la mejor. Y por eso escupen la de los demás. Como casi le escupo yo el plato a un vegetariano que no nos dejaba empezar a comer sin antes hablarnos de lo terrible que es comer carne, no por nosotros, sino por los animales. ¿Que si tiene razón? Puede que sí. Pero si la tiene, ¿no es mejor dejar que los otros la encuentren? Cómo la va a encontrar uno si se la están restregando en todo lugar. Uno a veces, por esas cosas de la vida, funciona así. Si le dicen que no hay que tomar gaseosa, más la toma, así sepa que se está matando de a poco.

Confieso que dejé de fumar hace varios años y volví a hacerlo con cierta fascinación de adolescente. Ahora que me metí a un equipo de fútbol me volví a prometer no hacerlo. Esa no es la confesión. La confesión es que en algún momento, en esos años de abstinencia, llegué a ver al fumador con ojo inquisidor. Me descubrí comentando con otro abstemio la “invasión” que causaba el humo arcano del susodicho. Pero quizá, ahora que lo pienso, la insidia era un simple disfraz de nuestra envidia. Yo sigo viendo con placer las bocanadas de los escritores del Boom en las entrevistas que les hizo Joaquín Soler en los 70 (excepto a García Márquez, también orgulloso fumador que murió casi nonagenario). Y si algo aumentó mi admiración por Ramón Valdez, el mítico don Ramón, fue verlo dar unas declaraciones con su cigarro en la mano en pleno interior de un bus (Ver video: Entrevista exclusiva al chavo del ocho 8). Pero ahora, con esto del “espacio libre de humo”, el fumador es un objeto de señalamientos y murmuraciones insidiosas.

La corrección política está llena de buenas intenciones. También de actos simbólicos: marchas, grafitis, pancartas, comentarios en redes, grupos de discusión donde se discute poco. Sin embargo, me da la impresión de que esos simbolismos muchas veces han terminado mal. Hay contribuciones, sin duda, pero también excesos, y me temo que van por cuenta de su moralidad. Claro que nuestra cosmovisión europeizante nos llenó de cristianismo hasta el tuétano, y con él una persistente concepción maniquea de cada realidad. Pero –sagrada ironía– son estos “progresistas” del futuro los que siguen condenando a sus antepasados católicos por sus posturas condenatorias. Critican la quema de libros del “exprocu” al mismo tiempo que agreden al taurófilo (término también problemático). ¿Y entonces? ¿En qué quedamos? Porque si de actos simbólicos se trata, ¿cuál es el límite?

Una última: en televisión chilena, en el prólogo de la entrevista, un pastor cristiano saca una bandera LGBTI, la pisa y le llama “trapo de inmundicia”. El periodista, con la calma del mundo, le dice que siendo él homosexual le parece una falta de respeto, que por favor retire la bandera para continuar con la entrevista. El pastor se niega y termina la directora de contenidos en el set diciéndole al pastor que si no la quita, cortan ahí el programa. El pastor vuelve a negarse y se retira (Ver video: Pastor pisa bandera gay en programa de TV). ¿Y si el periodista le hubiese escupido la cara al pastor? ¿No sería también un acto simbólico? ¿Lo que hizo el pastor no fue precisamente eso, escupir la construcción de identidad del periodista y de los miles o millones de seres de la comunidad LGBTI que vieron el programa? Es el problema que ya había advertido Fernando Savater: el uso de la ética y la moral como instrumentos para condenar a los demás. ¿No fue eso lo que hizo un tribunal de la Inquisición a Galileo?