El Buen Díaz*

*El Buen Díaz nació en México hace treinta y pico de años. En 2015 salió de las tierras del norte para recorrer el sur del continente y encontrarse con otra versión de sí mismo. Luego de trabajar en oficina, de saco y corbata, ahora sirve tragos en una mezcalería de Oaxaca en la que el alcohol cura algunas penas y hace aflorar una que otra alegría.

Los mexicanos somos reconocidos por distintas cosas en el extranjero -la fiesta, el tequila, el guacamole, Cancún…-, cada zona dentro de nuestro territorio se carga de una historia particular y cada país fuera de él toma cada una de ellas para, a veces, generalizar sobre nosotros. Pero la mayoría de los que deciden hacerse una propia idea, y dedican una parte de su vida a conocernos en vivo y a todo color (no solo ir a Cancún o tomar margaritas), regresan a sus hogares con una grata imagen de cómo es en realidad este hermoso país.

Estamos llenos de colores, sabores, celebraciones y tradiciones. Recién pasamos La Fiesta de los Muertos. Una festividad que engloba todo esto, y que, como la mayoría de las tradiciones latinas, proviene de creencias prehispánicas que la conquista no pudo eliminar de raíz, sino que se mezclaron con esas otras costumbres, generando nuevas prácticas. Estas han ido mutando dependiendo de la región del país, para acomodarse a las necesidades ideológicas de cada área. En la región sur de México las costumbres están un poco más arraigadas a lo original, aunque cada vez más corrompidas por el capitalismo (¿Hay algo que no lo haya sido?).

En particular, La Fiesta de los Muertos -o de todas las almas como lo llama el catolicismo-, tiene la creencia de que los que se fueron tienen el permiso de, una vez al año, poder disfrutar de los placeres terrenales que tanto extrañan en el otro mundo. De comer, de tomar, de bailar, de abrazar y de amar a todos aquellos que ya no los pueden ver. Esto ocurre cada 2 de noviembre, por lo que sus seres amados les rinden un hermoso homenaje lleno de colores y olores, haciéndoles un altar repleto de los alimentos, bebidas y pertenencias que disfrutaban en vida. Se les ilumina el camino con flores de cempazuchitl –conocidas también como flor de muertos o clavel chino- para que no tarden mucho en llegar a ese lugar especial en el Universo dedicado a ellos.

Esta fecha va acorde a otras similares en otros lugares del mundo, pero para mí es difícil entender ¿por qué solo en México es una fiesta? Si esa persona que te brindó tanta felicidad mientras vivía va a poder visitarte y gozar de nuevo las exquisiteces de este plano terrenal, junto a sus seres queridos, entonces ¿cómo no hacerle una fiesta?, ¿cómo no llenar de colores su mundo?, ¿cómo no salir a gritar y bailar a la calle y contagiar de alegría alrededor? Es claro que cada quien lo vive a su propia forma.

Pero en México es una fiesta. Es reencontrarse con lo perdido. Es brindar con un mezcal por aquellos que ya han descubierto lo que existe en el más allá. Y mientras nosotros no los acompañemos en ese camino misterioso, mi creencia es que debemos hacer de nuestros días una fiesta llena de colores y sabores, pero no solo una vez al año sino más bien 365.