Por: ANITZIRK

Tres botellas de vino rosé, diez años de besos y amores a escondidas, tres metros de andenes a las dos de la mañana, una ventana abismal que no tenía cerrojo y un cigarrillo fumado a dos bocas. Una canción que describía el amor de nuestras caderas: las mías angostas y estriadas, las suyas redondas y perfectas. Una carta de cumpleaños y un ramo de siemprevivas violetas que sería el reflejo de la eternidad entre las perennes amantes del buen cine y la poesía. Un beso furtivo y una pista de baile en la sala de mi apartamento para las dos. Un abrazo maternal y un beso carnal, un refugio y un escape, la calidez de sus lágrimas y la frialdad de mi humor negro, su extra ordinariez y mi escándalo, nuestro corazón delator, nuestros secretos, nuestros orgasmos, nuestros centímetros de felicidad al saber que contábamos la una con la otra. Las ganas de volver, de echar todo hacia atrás, las ganas de morir y sus golpes en la cara, su odio por el pasado, mi horrible manía de dejar todo lo que amo, su detestable deseo de estar lejos de mí. Su nuevo presente, mi eterno NO- futuro.

Cada poro expiraba vino mientras estaba tendida en la cama, yo lamía centímetro a centímetro su piel, embriagándome de su ser. Mis ojos explotaban de estrellas fulgurantes al ver la perfección ante mí: observarla desnuda era casi como ver el ángel caído más hermoso del mundo, saberla tan humana, tan lasciva, tan errónea, tan libre, tan diferente a mí, me daban uno y mil motivos para amarla una vez más y perdonar todo aquello que en algún momento pudiera haber concebido como un desacierto. Su pelo rubio (alguna vez negro por error) se desordenaba entre gemidos atrapados por la luz del amanecer mientras mis manos hacían poesía con su cuerpo. Creía por un momento haber tenido la eternidad en sus labios, el mundo a la planta de nuestros pies y el cielo en cada una de sus letras. ¿Cómo era posible haber hallado a alguien así entre tanta gente común, entre tantas frases de cajón y sentimientos de mentira? ¿Cómo era posible haber encontrado una de las piezas justas para el rompecabezas de mi corazón?

Mi constante testarudez, sus ojos verdes al llorar, mi deseo de perder todo siempre, de extrañar como nueva forma de amar al sentir el vacío en el pecho, mis ganas de morir cuando la hice desaparecer de mi vida, la naturaleza implacable de nuestros sexos, las puertas selladas de la biblioteca de nuevos presentes, su elección por el camino del ejercicio y las buenas personas, mi elección rotunda por el caos y la pernicia, su cintura perfecta, mi cabello corto, nuestras noches de Apolos, de tequila o vino y tabla de quesos, nuestros cielos de colores, sus uñas chatas y ese gesto al reír, mi odio por la remolacha y sus manos acariciando mi pelo… Eso, ESO abarcaba todo el significado de amor que podía existir cuando la miraba fijamente a los ojos, encontrando más allá de sus pupilas todo lo que necesitaba, encontrando en el desorden de las letras del destino, el cuento con el final más feliz que podría imaginarse cualquier mortal:

“(…) al pasar los años nos convertimos en otra persona, se bien que no soy esa de ese mensaje que te adjunto, la pelada de 16 que se enamoró de ti a primera vista, con la que compartías escritos y risas y lágrimas, sabes bien que tú tampoco eres esa chica de la u, descomplicada y carismática, con la que compartía karaokes y arequipe con queso.

Si estas, que somos ahora, no podemos ser más unas juntas… me despido de las que fueron con una enorme sonrisa, las amo y cómo no amarlas si en realidad fue todo tan hermoso, si se ayudaron tanto, si se pelearon también, si fueron muy buenas la una para la otra. (…)” L. L.