Por: Juan Sebastian Campos Sanchez

La danza es una de las expresiones artísticas más innatas que ha desarrollado la humanidad. Desde tiempos inmemorables, antes de que existiera la escritura y lo que llaman los historiadores como la pre-historia, el movimiento del cuerpo ha sido en primera instancia una actividad de goce y deleite individual, una experiencia creadora en dominio sensible y emotivo corpóreo de gran riqueza simbólica.

Este epifenómeno que hoy llamamos danza, desarrollado en todo momento y lugar, es un medio de comunicación trascendental con los otros, un lenguaje  en todo el sentido de la palabra, que no requiere de sistemas formales para articular diálogos, monólogos, discursos, arengas y sofismas que las palabras por sí solas no pueden expresar.

La historia de la danza es la historia misma de la humanidad. En ella, el movimiento, vitalidad y energía, se conjugan con la intención de expresar el alma a través del cuerpo; los pueblos demuestran hechos históricos, representan pasiones vividas, convocan a dioses para que intercedan en los designios misteriosos de la natura, se agradece las labores cotidianas y hacen eco en ese sentimiento común que los liga a un territorio, a una etnia, a un pasado.

A lo largo del tiempo, las danzas han servido como registro y memoria viva, pues en ellas encontramos formas de representar el mundo, el conocimiento, mitos cosmogónicos, creencias, mundologías, prácticas festivas, ritos e iniciaciones, facetas y modos de vida, celebraciones, nostalgias, anhelos, recuerdos.

La danza, es fuente para descubrir el pasado y responder quienes somos, andar los pasos por los que nuestros ancestros caminaban y danzaban en plena comunión. Es allí donde la danza tiene su capacidad poética de narrar historias, revivir la tribu, llamar a los muertos y evocar épocas distintas, cual si fuera máquina del tiempo que nos devolviera a ese pasado que no vuelve por las inclemencias temporales.

Los mitos le han servido a la humanidad parar reafirmar su existencia, darle explicación a las cosas, y encontrar un sentido a la vida. La mitología es una de las maneras más contundentes de la creencia; personajes, seres divinos, héroes y pueblos, se encuentran en tiempo y espacio, para llenar vasos vacíos y callar las dudas que se tienen en el paso transitorio de la luz que es la vida. Todo mito es un relato fantástico y, por tanto,  falso. Pero una cosa es que sea falso y otra que no pueda ser útil.

Según Havelock, todas las sociedades humanas necesitan recopilar y almacenar un conjunto de información lo suficientemente amplio para conservar una determinada forma de vida. Este conjunto de información se lo llama “biblioteca cultural” o “acervo cultural”.  En consecuencia, toda sociedad debe responder una pregunta crucial y es la de cómo guardar ese acervo cultural, para que las ideas, practicas e imaginaciones colectivas no caigan en el olvido y desaparezcan. Así, los mitos que se trasmiten de manera oral, son una solución, rudimentaria pero útil, a tan importante problema. Estos relatos son de sencilla recordación y con facilidad pueden ser trasmitidos e interpretados. Los mitos han servido como herramienta para clasificar la realidad y generar códigos morales, como estrategia para almacenar y trasmitir esa “biblioteca cultural”.

La de las farotas: el fluir del río

Ahora bien, son muchas las versiones y discusiones que se tienen sobre el origen, la historia y significado de la danza de la Farotas. Estos relatos se han convertido en un mito-poema que  intenta enlazar la historia del proceso agresivo, violento, impuesto en la Conquista y posteriormente en la Colonia. Indígenas, Negros y españoles son los protagonistas de los múltiples relatos que se han construido,  y que se manifiesta en los pueblos ribereños de la Depresión Momposina. Es el Río Magdalena como eje de comunicación de los pueblos, el que ha traído estas manifestaciones dancísticas y que con el fluir de sus aguas a permaneció en la memoria colectiva festiva y cotidiana de sus poblaciones.

Recordando a Aristóteles, cuando enunciaba que la obra más genial del hombre está en la capacidad que tiene para nombrar las cosas,  es allí donde la creación imaginativa y curiosa ha puesto desde una visión localista la disputa sobre el origen de ciertas manifestaciones culturales. Tal es el caso de la danza de las Farotas, que se dice que nació en el pueblo de Talaigua, en  Mompox, en San Fernando, en la hacienda la Esmeralda, mientras que otras versiones mencionan asentamientos de la Isla de Mompox. Así mismo, el debate continúa en referencia de sus personajes y de su significado; algunos investigadores y sabedores populares enuncian un hecho histórico: un suceso de burla y rebeldía de Indios o Negros contra él español, que aparte de  abusar de la tierra y de la fuerza de trabajo de sus esclavos, abusaba carnalmente  de sus mujeres. Otra versión aún más polémica es la de José Daniels, quien según sus investigaciones ha podido hacer nexos de la danza de la Farotas con un baile típico de gitanos romaníes, que llegaron con la España invasora a la provincia de Mompox, y que bailaban en los festejos de dicha hacienda para hacer honor y representar la victoria de guerreros gitanos, que con faldones, candongas, pañoletas, sombreros y sombrillas vencían a sus enemigos.

Es Daniels que en un texto publicado en el periódico El Tiempo del 8 de febrero de 1997,  desvirtúa que esta danza sea una danza indígena, un baile africano o una mezcla triétnica. Y pone en manifiesto una mentira generosa que con ayuda de Fernel Matute, el cañamillero y descendiente de una familia de bailadores de Farotas, y al párroco de Talaigua, Santiago  Bernal, adornaron un texto que serviría para la presentación de esta danza folclórica que sería llevada al Festival de la Cumbia de El Banco en 1973. “Nos inventamos esa historia que ridiculiza al español en venganza al ultraje y violación que decíamos se hacía a las indias”. Esta historia fue la que hizo eco en los gestores y cultores de la danza, y ha sido aceptada de tal manera que hoy parece imposible convencer de esta mentira  generosa convertida en el mito-poema más extraordinario: “el indio se vistió de mujer para ridiculizar al Español porque este le prostituyo a sus hembras”.

Otra versión, es la del maestro y cultor original de Hatillo de Loba, Gumersindo Palencia Gil,  quien en una conversación sostenida entre Julio Gil, gran promotor de cultura quien encabeza uno de los proyectos más significados por la difusión cultural a través periódico La Taruya, y este curioso escritor manifestó una versión de las Farotas en la que dice que no fue ni el indio, ni el negro que se vistió de mujer, sino fue el mismo Español como estrategia para conquistar a las mujeres a las que el indio cuidaba celosamente.

Sin importar si las historias hasta acá mencionadas y las otras muchas que existen, sean verdaderas o falsas,  fueran relatos fantásticos o hechos históricos, las Farotas, las Artesanas, La Conquista, los collongos, el golero, el pacopaco, el tigre, el caimán, los negritos, las pilanderas, fueron expresiones que echaron raíces en cada uno de los pueblos a orillas del río, unas por hacer pate de la tradición local y otras porque encontraban un ambiente propicio para quedarse en el espíritu de la gente que festeja durante el calendario anual en fechas como la semana santa, del corpus Christi, 11 de noviembre, la Candelaria y fiestas patronales municipales.

El mito-poema sigue siendo útil, la danza de las Farotas se sigue interpretando donde el hombre con vistosos y coloridos faldones, blusones, candongas y maquillaje hace mofa carnavalesca. Hoy, esta manifestación artística cultural que gracias a sus relatos ha permanecido a lo largo del tiempo en una de las regiones del Caribe más olvidadas, sigue emocionando a sus poblaciones y divirtiendo a sus espectadores con la energía, burla y alegría que hay en cada uno de sus intérpretes.

¡Que vivan las Farotas!