Por: Soraya Estefan

Hace algunas semanas la campeona del Tour de Francia Femenino, Marianne Vos, se quedó esperando a los periodistas para su rueda de prensa, solo asistió uno. En mayo de este año a las ganadoras del Campeonato de Asturias de squash las premiaron con unos vibradores y bandas depilatorias. El camino que deben recorrer las mujeres deportistas es distinto al de los hombres; a diferencia del de ellos, este está marcado por la indiferencia y la banalidad que algunos persisten en querer adjudicarle a lo que siguen concibiendo como “el sexo débil”. Somos, simplemente, un sexo diferente, uno que debe esperar a que la indiferencia y la banalidad dejen de opacar el trabajo y esfuerzo que requiere cualquier práctica deportiva. Una futbolista educada en colegio de monjas escribió esta autoficción a propósito del tema.

Alejita –gritaba mi papá–, pégale con el empeine. El balón era mucho más pesado que las pelotas de caucho con olor a frutas que nos regalaba la abuela en las navidades. Mi hermana y yo tratábamos de coordinar piernas, brazos y cabeza para balancear el cuerpo e impulsar la bola hacia el otro lado. Papá nos la devolvía con un suave pase o dejaba que se le escapara para hacernos festejar un fingido gol.

Aprendí a coordinar mis movimientos con el balón durante las tardes de mi niñez, porque en el colegio no nos dejaban jugar fútbol. “El fútbol es para marimachas” gritaba una de mi compañeras de curso, si intentaba patear y correr detrás de una pelota. Las monjas nos tenían prohibido jugarlo bajo la excusa de que era un deporte de hombres y solo hasta ahora entiendo que no estaban del todo equivocadas. En las pantallas de los televisores resaltaban las figuras de hombres con largas melenas y en pantaloncillos que tejían rápidos pases. Al otro lado de esas pantallas, sentados y atentos, otro grupo de hombres miraban y comentaban los partidos. Sus esposas pasaban el tedio resguardadas en la cocina y si alguna quería participar de la experiencia, recibía como única respuesta un: “tú no sabes de esto”.

Yo me quedaba sentada en el piso embelesada viendo al “Pibe” lucirse en el centro de la cancha al empujar con agilidad la pelota por esos recovecos que se formaban entre jugador y jugador y que solo él veía. A lo mejor por eso decidí ser mediocampista. La primera vez que vestí la camiseta amarilla para representar a la selección sentí que estaba siguiendo sus pasos. Después de tres años en la liga de Santander, por fin recibí la llamada que me convocaba a estar en la misma posición en la que él había jugado. Me recogí el pelo en una cola de caballo para que ondeara como ondeaban los rizos del “Pibe” en el campo, aunque olvidé que él era un león en su reino y yo un animal foráneo.

Uruguay era el rival en esa ocasión. Las sillas vacías inundaban el estadio, interrumpidas brevemente por las enormes banderas que enarbolaban las familias de las jugadoras. Las charrúas eran rápidas pero con poco dominio del balón. Se desconcentraban con rapidez y no lograban contener la presión de sus contrincantes. Eran hábiles en el juego aéreo, pero sus pases eran fáciles de interceptar. A los doce minutos de iniciado el partido, los goles empezaron a llegar. Un pase abierto por la derecha aterrizó con precisión en los pies de nuestra lateral. Al recibirlo, lo devolvió con un centro rescatado por la delantera que, después de dos toques, levantó el balón con la punta del pie para que dibujara una parábola, que rozó las yemas de los dedos de la portera uruguaya y finalizó en la red. De ahí en adelante fue como estar en esa parte de las fiestas de cumpleaños en la que los asistentes aplauden y corean los números hasta llegar a la edad del cumpleañero y en esta fiesta cumplía un niño de ocho años, ocho puntos en el marcador, ocho goles cada uno distinto del anterior.

En los corredores se bromeaba con la premiación. El rumor de que un par de tenistas españolas habían recibido una crema para depilar y un vibrador por haber ganado el campeonato de Asturias se había esparcido entre las jugadoras. ¿En dónde la pido para pieles grasas? – decía yo mientras reía, pero en el fondo sentía miedo de protagonizar un evento similar. Llegamos a semifinales, pero nos vencieron las brasileñas. A pesar de la derrota, cuando llegaron con medallas, respiré de nuevo.

El número de partidos aumentó y los torneos subieron de categoría. El reconocimiento llegaba a cuentagotas. Nuestro avance en el Mundial Sub 20 fue mencionado rápidamente en la sección deportiva del noticiero, antes de que se centraran en el debate de si Messi había saludado o no al equipo rival al inicio de un juego. Era agradable sentir que estábamos ganando visibilidad. Retorné a las canchas para disputar una Copa contra Chile. El país de los vinos me recibía con un calor infernal. Ese verano fue uno de los más inclementes de los últimos años. Para mi sorpresa, la Federación solo cubrió los tiquetes del viaje. Mis padres me ayudaron a costear el hotel y la comida durante mi estadía. En los entrenamientos estudiamos la estrategia de las chilenas. La formación de 5-4-1, netamente defensiva, mostraba su inseguridad para el ataque. No estaban interesadas en hacer goles, aunque guardaban cierta fe en su delantera de 1,70 ms., con piernas que en vez de correr saltaban. A pesar de su desdén por el marcador, no era un juego sencillo. La defensa era hermética, muy bien posicionada y dejaba muy pocos pasadizos para deslizar el balón. Durante el himno, me tapé con la camiseta una pequeña rajadura que se profundizaba con los días en el elástico de la pantaloneta.

El partido fue, sin duda, uno de los más agobiantes del torneo. El marcador permaneció inmóvil y el calor nos robaba la poca energía que nos quedaba en el cuerpo. Terminé con rasguños en rodillas y brazos, en los que se me secaban algunas gotas de sangre. En el choque con una contrincante caí al piso y pequeñas piedras regadas en un suelo que era más arena que césped se me clavaron como diminutos cuchillos. Recuerdo haber llorado al finalizar el encuentro. Me embargaba una sensación de impotencia y desánimo, o tal vez era solo el dolor del cuerpo. Logré desahogarme con algunas compañeras y miembros del equipo técnico a quienes les comenté las malas condiciones de los campos de juego. Quedamos en quinto lugar. No recibimos medallas ni cremas. Nos despidieron con la promesa de que nos convocarían para la Copa América. Aún sigo esperando la llamada.