A pocos días del nombramiento del premio Nobel de literatura, que este año fueron dos para no dejar el año pasado en blanco junto a tanto escándalo, doy la salida a la primera de lo que espero sean muchas entregas a modo de recomendación. Desde que el premio se entrega, el oficio del librero está en tensión con la fecha, razón de más para tenerlo presente, muchos lectores confían en ese cónclave nórdico. Esta vez la academia sueca hizo la de Salomón: un hombre con pasado facho y una mujer con presente feminista. Igual los dos resultaron ser muy del centro de la vieja Europa, como la tradición que el premio ratifica una y otra vez, salvo algunas escaramuzas fuera del continente. Todo parece indicar que la canonización literaria, como la futbolera, se disputa en Europa, aunque Harold Bloom muera puede ser exhumado al modo de Franco 44 años después. ¿Cuántas veces las letras del extremo oriente han sido reconocidas por Oslo? ¿Cuántas mujeres ostentan el premio?

En pocas librerías de Bogotá se puede encontrar al señor Peter Handke, mientras sus distribuidores apuran los envíos para que los ejemplares en masa se tomen las mesas de novedades. Por su parte, Anagrama lanza Los errantes de Olga Tokarzcuk para igual destino, la reseña de la editorial -como no podría ser de otro modo- promete una novela inquieta y encarnada, justo para quienes creemos en la literatura como una anatomía que se nos pega.

Entre tanto se siguen imprimiendo escandalosas montañas de papel que intentan llegar a la misma mesa: autores, editores y libreros saben lo que se juegan en esa cancha. Algunos autores pasan de una casa editorial a otra, entre muchas otras razones, buscando no solo mejores correcciones en sus textos antes de mandar los tirajes, si no para llegar a más mesas y así cobrar más. Sin embargo, no siempre pasa, a Roberto Bolaño el cambio de camiseta parece que le robó su amuleto: él un autor amante del fútbol sabe que la ley del ex se cumple, cuando en el enfrentamiento directo con tu viejo club anotas el gol para tu nueva hincha; aunque hasta el momento todo parece indicar que Anagrama sigue ganando la partida frente a Alfaguara, por lo menos en la cuota goleadora del chileno que se mide por sonidos en la caja registradora.

Hiromi Kawakami ahora nos llega en Alfaguara mientras cada vez menos ejemplares quedan en las cuidadas ediciones de Acantilado cosidas con hilo vegetal: perdió belleza en el formato pero ganó mesas. Ojalá eso se corresponda con más lectores, leerla es un placer delicado, una pincelada que dice más de lo que parece a primera vista: a la manera de un haiku. Espero que la fantasía futbolera, la mitología detrás de “la ley inexorable del ex”, opere en su favor.

Midori Edo, el protagonista de Algo que brilla como el mar, es un adolescente que se pregunta por la normalidad de la vida y por las maneras en que su madre y su abuela pelean con el propósito de disculparse y arreglar la vieja casa donde viven para terminar celebrando el “día de la familia Edo”. Mientras intenta responder sociológicamente estas preguntas, su novia le cuestiona por la manera en que están conformando una pareja y su mejor amigo le manifiesta su intención de no pertenecer a un mundo tan simple y pegajoso como el que habitan.

Lleno de diálogos entrecortados, con las reflexiones no verbalizadas de Midori, la historia muestra cómo se puede irrumpir la normalidad de la vida a través de acciones tan sencillas como contemplar la puesta de sol, subir a la terraza del colegio o viajar en ferri hasta un templo deshabitado: un viaje que es solo uno y todos a la vez.

Esta obra podría ser parte de las novelas categorizadas como “novelas de formación”. Sin embargo, la capacidad narrativa y atmosférica de su autora logra trascender la categoría con la misma determinación con la que un salmón logra remontar la corriente del río.

La novela de Kawakami difícilmente estará en una, Tokarzcuk y Handke sin duda brillaran durante los próximos meses, su lomo andará por las estanterías esperando los ojos de un futuro lector que se deja tentar por el fondo. Ese lector se volverá a vestir para la escuela, asistirá a una clase magistral de haikus y comerá fideos entre amigos. Ojalá ese lector sea usted, aunque la autora no reciba la medalla del señor Alfred.

Carlos Sosa Ardila
Librero de oficio.