Durante muchos años, de modo pirata, subterráneamente, lentamente desde la esquina norte de la cordillera de los Andes se ha leído la obra del artista visual, cronista y novelista chileno Pedro Lemebel, hoy por fin se encuentra masivamente disponible Tengo miedo torero más allá de un puñado de bibliotecas públicas y otras tantas privadas asociadas a instituciones académicas. La cordillera se vuelve un puente: de Santiago a Bogotá justo ahora cuando la cacerola es un eco que resuena como contrapartida a la bomba lacrimógena, aturdidora y sobretodo autoritaria.

Tengo Miedo Torero aterriza con su corazón hecho de balas, recordando que la literatura es un campo de batalla, sobre las mesas de novedades de las librerías del país en una edición popular. El ropaje es sencillo: tapa blanda, sin guardas y con una caja de texto apretada, casi como una fotocopia en su urgencia reproductiva.

En la colección Bordes se reúne una nómina de autores latinoamericanos que pone a circular voces clase B, que por las reglas coloniales seguidas las grandes editoriales no habían logrado saltar las fronteras latinoamericanas, sumadas como un frente común quizás encuentren sus lectores.  Desembarca entonces Pedro Lemebel con su novela, junto a autores como el peruano Fernando Iwasaki con sus Tres noches de corbata entre el horror y el humor. Desde Buenos Aires Betina González con su colección de cuentos El amor es una catástrofe natural, mostrando diferentes exploraciones frente a esa deseada ruina que a veces puede pasar por una crianza con lobos.  Además, de muchas otras voces, como Josefina Licitra y sus 38 Estrellas fugadas de una cárcel en el Uruguay, justamente cuando ese país coquetea tan groseramente con la derecha después de 15 años en un proceso que está en la acera del Frente.

La protagonista de la novela de Lemebel es la Loca del Frente, una bordadora de manteles hermanada con la literatura Max factor de Manuel Puig, que pasa frente a la universidad cantando, volando, flotando, como una trapecista cómplice del Frente Manuel Rodríguez. El grupo guerrillero que lanza el atentado frente al Dictador Augusto Pinochet en pleno cajón del Maipo, en 1986 el año que está resaltado en rouge como el año en que va-caer el tirano. Ese año las calles de Santiago fueron tomadas por la protesta social liderada desde los estudiantes, una protesta movilizadora y afectuosa que colisiona con la protagonista, una protesta a la que se sube la Loca apurada para decir que no todo está tan bien -como dice el gobierno-, que parecen estar en guerra con tanto militar en las aceras: como cualquier geografía militarizada de Latinoamérica en el 2019, entonces quizás a todos nos falló el atentado.

Publicada en el 2001, esta novela se hace presente en las librerías, desde la calle, desde la esquina del barrio donde la fantasía teatrera hace de la acera una pasarela y un palomar al final de una escalera caracol es revestido de hogar afectivo por el enérgico brazo zurdo de su protagonista; donde las cajas con libros prohibidos hacen de mesa enmascarada por la escenografía melodramática de Loca enamorada, donde unos sospechosos planos encerrados en un metálico cilindro quedan desactivados bajo el peso de una matera que llora flores. Exaltada por la voz narradora que en 1986 habló por la diferencia, que pone el culo antes que poner la otra mejilla, y que frente a los regímenes totalitarios del presente sigue estando vigente, Tengo Miedo Torero exhibe toda la corporalidad de su protagonista.

Una novela de capa y espada está a la espera de ser leída, ahora que por fin se puede conseguir, ahora que los libreros contamos con ella para constatar que hay escritura molotov, en la cual el tirano es castigado en su megalomanía de Gran burundu burunda, escrituras bajo presión, para tiempos de emergencia en los que las libertades, el amor y la vida están en toque de queda.

Antes de que acabe el mes, un nuevo desembarco de novedades desplazará el pequeño formato de la novela donde las intervenciones radiales están en altas, como un protagonista más resonando con La siempreviva de Miguel Torres; quedará con su famélico lomo blanco como un joyero de prostíbulo decadente, que recuerda a la Manuela de José Donoso, esperando ser abierto para desplegar toda su fantasía sonora. Como la canción de Paquita la del Barrio que usaba Pedro Lemebel en su programa radial, la novela es una invitación a pecar, a incomodar la norma desde unos tacones que no solo son fórmula para estilizar la pierna si no un arma de combate desde cualquier esquina, desde cualquier filo de la gran cordillera -que es una común cicatriz- desde cualquier borde.

Carlos Sosa Ardila
Librero de oficio.