Por: Alias Lé

A veces, cuando dos se abrazan, dependiendo del momento, de la posición, uno y otro pueden oír el palpitar ajeno y, sin premeditarlo, terminan acompasándose, creando una sinfonía mágica, muy parecido al amor.

El sonido del latido de un corazón es, casi, casi, inolvidable –a veces completamente-. Dependiendo del corazón, ese ruido del otro puede irse con uno hasta la tumba, y si es que algo pasa después de eso, también allá.

Pero ese <<pum pam>> vital, sin el que nuestra existencia no sería posible, no es lo único que rompe el silencio capaz de acompañarnos a donde sea que vayamos cuando cesa nuestra respiración, así sea simplemente al recuerdo de los que nos sobreviven y aman.

Cuando yo me muera, por ejemplo, pienso llevarme conmigo el ruido de las olas del mar, ese suave pero potente <<ssshhhh ssshhhh>> que trae tanto como se lleva, que huele a sal con coco; el de las caídas de agua, que me asustan, me mojan, y me emocionan; el del correr del río, que no es nada más ni nada menos que la vida misma.

Y voy a llevarme el ruido de las hojas secas que uno pisa al caminar, con ese <<crush crush>> del que siempre quiero más. Pero también el silbidito que forman las verdes, al vaivén del viento, en las copas de los árboles.

Canciones pienso llevarme muchas, un par de Nina Simone, otro de Mercedes Sosa y más. La voz de Federico Luppi en Lugares comunes, hablando de lo necesario y doloroso de la Lucidez. Y la de Jorge Perugorría en Fresa y chocolate, diciendo que se necesita otra voz y regañando a Rocco por hacerse agua.

También quiero llevarme el ruido de las gaitas y los tambores, de muchos y muchos tambores, que los vine a descubrir ya de mayor pero que cada vez que los escucho me mueven unas fibras en mi útero que ni siquiera sabía que tenía.

Y me llevaré también el sonido de la respiración del man que me dijo que me quería, y que se fue para no volvérmelo a decir. Y el tal “la quiero” ese me lo llevo igual, ese siempre va conmigo, así en su momento hubiera sido incapaz de decir “yo también”. Por cierto, yo también.

Pienso llevarme tantos “órales”, “a huevo”, “no manches”, “güey” y “chinga tu madre” como me sea posible. Y el ruido de la cadena de los caballitos de acero cuando corren. Porque los ciclistas me gustan tanto como los mexicanos, y porque creo que el día que la vida me cruce con un pedaleador manito le voy a proponer matrimonio, así me diga que no. ¡A huevo, no manches güey!

Seguro me llevo el sonido del esfero cuando baila entre las hojas, y que supera por mucho al del teclado del computador, aunque ese también me lo llevo porque por muchos años me ha dado de comer.

El tono sensual de mi madre, el recio de mi padre y el añejo de mi abuela –contándome sus historias en la cocina- también se van conmigo. Y junto a ellos, el ronroneo de Grace, del Mono y de la Negra, que me erizan los pelitos y me alegran el alma.

Todos esos ruidos que siento llevarme hacen la misma vuelta. Por eso también son como latidos del corazón y por eso cuando uno muere deja de respirar pero no de palpitar.