Por: Mónica Vargas

La treintañez, que algunos definen como la segunda adolescencia, son años para algunos muy jodidos. Lindos pero jodidos. A las mujeres, por ejemplo, nos viene con todo ese cuestionamiento de si queremos ser madres o no.

Yo, que todavía no me decido, fui invitada en uno de mis espacios freelanceros para escribir una nota de las que ya lo descartaron definitivamente.

He de confesar que lo del instinto maternal que nos inculcan desde niñas hizo que, en el proceso del desarrollo de ese texto, me sorprendieran varias cosas.

Lo primero fue la cantidad de mujeres que me escribieron para decirme que querían contarle al mundo porque decidieron no ser madres. Fueron muchas y la mayoría de ellas muy jóvenes, varias ni siquiera han llegado al tercer piso y, más impactante aún, no pocas de ellas ya se practicaron la cirugía de esterilización.

¿Y qué pasa si se arrepienten luego?, pensé cada vez que una de esas veinteañeras me contaba que se había operado.  Eso mismo se los preguntaron en los centros de salud a los que acudieron para realizarse el procedimiento, que además desde el 2010, con la Ley 1412, se autorizó de manera gratuita para mayores de 18 años. Pese a que la norma establece que las EPS y las IPS deben garantizar la cirugía para todas las mujeres y todos los hombres que deseen esterilizarse, lo cierto es que en el caso de ellas la cosa no es del todo fácil.

Hubo una que tuvo que esperar entrar a trabajar, ahorrar y luego sí esterilizarse con un médico particular. Otras tuvieron que pasar por sicólogo y trabajador social que trató de convencerlas de que no se hicieran la cirugía. El punto es que, aunque no todas seamos tan claras, algunas sí tienen definidas muchas cosas. Miles de mujeres decidieron conscientemente no traer hijos al mundo y ya está. Eso tiene que respetarse, así a veces no sea fácil de entender.

De hecho, otro dato importante fue el del cambio de la tasa de fecundidad a través de los últimos años. En 1967 esta era de 6,7 hijos mientras que para el 2010 descendió a 2,1, esto según datos de la Encuesta Nacional de Demografía y Salud de Profamilia (ENDS). Juliana Martínez  fue una de mis fuentes. Es candidata a Doctora en Ciencias Humanas y Sociales de la Universidad Nacional, su tesis doctoral indaga sobre las ideas, prácticas y representaciones de la maternidad en Colombia, entre 1975 –cuando se presentó el primer proyecto de ley que buscaba la despenalización parcial del aborto- y el 2006 –cuando una sentencia de la Corte Constitucional despenalizó el aborto en tres casos puntuales-.

Ella me explicó que lo de la tasa de fecundidad demuestra que, “las mujeres cada vez se están acercando más a tener el número de hijos que realmente quieren tener”. Ahí me acordé de mi abuela, una mujer maravillosa y muy religiosa que tuvo siete hijos. Mi abuela es de esas mujeres que van casi a diario a misa, pero además ella en serio siente el amor del dios al que venera y quiere que eso acompañe a todos los que quiere e, incluso, a los que no quiere. No es perfecta, ¿quién lo es? Pero sí bastante consecuente. El caso es que alguna vez unos curas le dijeron que los anticonceptivos eran pecado y seguramente ella lo creyó, tal vez si no hubiera escuchado eso yo no estaría escribiendo estas líneas y mi abuela hubiera tenido menos hijos. Y como ella, quién sabe cuántas más.

Juliana también me dijo que “la interrupción voluntaria del embarazo es unas de las opciones reproductivas, a la vez que una forma de concretar y materializar el deseo de una mujer”. Yo no lo había entendido así hasta ese momento.

En cuanto al acercarnos cada vez más al real número de hijos que deseamos tener, hay algo más allá de eso. El tema del instinto maternal sigue siendo tan marcado que son muchas las mujeres que se convierten en madres y luego se arrepienten. En este punto, Juliana me contó del libro de una socióloga: Orna Donath. Reservoir Books, traducido como Madres Arrepentidas, relata la situación de 23 mujeres israelíes que se arrepienten de haber tenido hijos. Luego de eso, vi un video de unas cinco mexicanas que aseguran que de poder devolver el tiempo no tendrían los hijos que tuvieron, aunque aseguran amarlos.

En el libro de Donath puede leerse: “El arrepentimiento es una señal de alarma que no sólo debería instar a las sociedades a ponérselo más fácil a las madres, sino que nos invita a replantear las políticas de reproducción y nuestras ideas sobre la obligación misma de ser madres”. Yo creo que esa sería la moraleja de este cuento. Replantearnos muchas ideas, muchas creencias… ser mujer no es igual a ser madre. Ser madre no significa que uno debe sacrificar todo su ser ni entregarlo todo porque, entonces, ¿qué queda para uno?

Ahí me acordé de Val en la película ‘Amazona’, cuando le dice a su hija, Claire, “mi vida fue mi vida”, y “lo más importante en la vida de uno es la vida de uno”. Y resulta también que todas las vidas son diferentes y que es tan respetable la madre como la que no quiere serlo. Y pasa que las mujeres no solo maternamos hijos, sino también ideas y proyectos. En fin, no es tan simple como solo el rosado o azul que nos metieron de chiquitos, el mundo ha cambiado y también los roles de los seres humanos. Ser mamá es revolucionario pero solo cuando es una decisión consciente y, eso, es bien sabido que nunca es del todo fácil tomarse.