Por: Mónica Vargas

A
l lado de la estatua inerte de Bolívar, en la plaza del centro de Bogotá que lleva su nombre, don Orlando Ramírez libra a diario una lucha real, sigilosa y contundente, ante la mirada impasible de los miles que van a visitar el homenaje al ‘libertador’.

Tuvieron que pasar algunos años para llegar hasta ahí, al pleno corazón de la capital de la República. Además de tiempo, este pescador opita tuvo que atravesar un trozo de país, dormir una que otra noche en el frío del asfalto, aguantar hambre, sentir dolores, rabias e impotencias, muchas que aún no se resuelven; hacer renuncias, una y otra vez, y cambiar sus redes por un par de carteles grandes en los que trata de explicar, de manera muy breve, cómo una multinacional se le tiró por completo la vida.

“Estoy acá desde hace nueve meses. Vine por tres razones: seguir con mi protesta, interponer un recurso legal contra la empresa y dar a conocer el caso a todos los que lo quieran conocer”, cuenta así como es él: ordenado y rotundo.

Antes del busto de bronce con el que muchos se toman fotos, la compañía de don Orlando fue, paradójicamente, la ‘ceiba de la libertad’ que adorna el centro del municipio de Gigante, en el Huila, de donde fue desplazado por uno de esos proyectos que venden disfrazados de “progreso” pero que en realidad solo les llenan los bolsillos a unos pocos y al resto les traen miseria.

Al preguntarle por su edad responde que, “tenía 62 años pero ya me los gasté” y luego se ríe a carcajada limpia, dejando en evidencia una dignidad envidiable.

Además de las seis décadas que lleva encima, cuenta entre sus haberes seis hijos de tres relaciones distintas, 615 días de protesta en el pueblo del que lo sacaron y tres tutelas contra una de las empresas de energía más “prestigiosas” de Latinoamérica.

“En 2011 puse una por el derecho a la igualdad y al trabajo, en 2014 lo hice con una asociación de pescadores afectados por el Quimbo, de la que fui presidente, y en 2016 por daños a mi familia porque yo mantenía a todos mis hijos con mi trabajo pero ya no pude hacerlo cuando entré en quiebra”, explica al tiempo que señala que las tres le han sido negadas porque, asegura, “Emgesa tiene comprados a todos los jueces”.

Lo de la igualdad lo argumenta porque el censo que por ley debía realizar la multinacional en la vereda El Espinal y el casco urbano Puerto Seco, lo hicieron mal. Censaron a unos y a otros no y, al final de las cuentas, de las cerca de 200 personas del lugar solo registraron al 30 por ciento, el resto quedó por fuera del tratamiento e indemnizaciones que ordenaba la licencia ambiental.

Eso no fue lo único que hizo mal la empresa de energía. En abril de 2017, una interventoría realizada por expertos de la Universidad Nacional denunció “grandes deficiencias y omisiones” a la hora de construir la hidroeléctrica.

Las afectaciones al Yuma, más conocido como el río Magdalena, son más serias de lo que sentimos en este momento. El estudio de los expertos señaló una grave contaminación, que es producto de las miles de toneladas de biomasa en descomposición que permanecen en el fondo de la represa, todo por cuenta de que la multinacional no realizó el debido proceso. Pero con o sin él, influir en el cauce de los ríos, de cualquier río, es nefasto para la sostenibilidad del Planeta.

Yuma es el nombre originario de ese afluente de agua que nutre de vida a Colombia, recorriéndola de sur a norte. Los taitas que cuidan su nacimiento, en el Cauca, aseguran que su territorio además de ser sagrado, es el útero del Mundo, donde se gesta la Vida. Allí no solo emerge el Magdalena sino decenas de ríos más que, según los mayores indígenas, no mueren al desembocar en los mares sino que continúan su recorrido por corrientes dentro de los océanos y van a conectarse con otros ríos en otros continentes. “Al hacer las represas le están poniendo un tapón al flujo natural del agua que es la vida misma”, afirma uno de ellos.

Don Orlando puede dar fe de eso. Cuando llegaron las primeras máquinas en 2010, ni él ni sus compañeros se imaginaron lo terrible de la intervención. Solo bastaron dos años para que el pescado empezara a escasear, al punto de que en 2014 y 2015 “ya no se veía por ningún lado”.

 

Las mojarras, los bocachicos y los capaz –con los que se prepara el famoso viudo-, se los reemplazaron por angustia, pobreza, mucha mano dura y poco corazón grande. “Al principio la gente protestaba pero como nos mandaban el ESMAD todos se fueron aburriendo, yo no los juzgo. A nosotros nos ignoraron, nunca nos tuvieron en cuenta y además nos aniquilaron”, apunta don Orlando mientras confiesa que de las cosas que más extraña es el pescado que comía a diario porque, “el de acá sabe como a tierra”.

De ser un próspero pescador pasó a ser un desplazado y, una vez en la capital, tuvo que aceptar la condición de habitante de la calle para poder hacerse a un lugar en esas casas refugios en las que pueden dormir algunos de ellos.

Del barrio Policarpa sale a diario en la mañana y camina cerca de 40 minutos hasta la Plaza de Bolívar, que abandona puntualmente a las 4:30 p.m. para alcanzar a llegar a tiempo, también caminando, al sitio donde va a poder dormir sin aguantar el frío de la calle.

“Ellos han actuado de mala fe”, dice refiriéndose a la multinacional que le quitó su trabajo, su sustento y su tranquilidad. “No lo hicieron solo conmigo porque hay gente que se ha muerto esperando la compensación a la que tenían derecho”, concluye, ya no con rabia, sino con toda esa capacidad de la que se ha llenado para resistir a la injusticia.

Los peces que rodeaban a don Orlando ahora son palomas, y los vecinos huilenses ahora son rostros fríos de mil colores que, a diario, lo ven sin verlo, aunque la indiferencia que más le duela sea la del Estado, que debería ser el garante de sus derechos.

Tantos años después aún no lo puede creer, no concibe cómo es que ese aparato que mantenemos todos con nuestros impuestos deja violar los derechos de la misma gente que lo soporta. Y luego explica que allá, en lugar de apoyar a los pescadores, “crearon un batallón energético para defender a la multinacional”, y entonces la sonrisa se le apaga por un rato, se nos apaga a todos.

En medio de la apatía y la ignorancia –“muchos no saben ni siquiera qué es el Quimbo”, destaca don Orlando, dándole sentido a eso de pararse armado solo de sus carteles en la plaza- la esperanza sigue viva. A su causa ya se han sumado algunos y un par de abogados decidieron apoyarlo para instaurar la demanda. “Me han ayudado mucho, en lugar de pedirme plata, a veces hasta me dan para que yo pueda ir a hacer las vueltas necesarias a Gigante”, cuenta.

Lo que se viene es incierto, como incierta es la vida que, lejos de lo que muchos sienten, no es injusta sino todo lo contrario. Lo realmente criminal de todo esto, es ese sistema asqueroso y absurdo en el que la plata vale más que el agua y en el que un pescador debe abandonar su atarraya para reclamar lo que por derecho le corresponde.

La lucha de don Orlando no es solo suya, porque el Yuma es de todos y a todos nos nutre de vida. Pero lejos de entenderlo, los que toman las decisiones de este país buscan a futuro construir en él 14 represas más y con ellas expandir la mortandad y la miseria.

Cuando lo hagan, si es que lo permitimos, nos lo querrán vender como un “infalible desarrollo”, y habrá muchos que lo crean, pero ahí estará don Orlando para desmentirlo. Ahí ya está él, gritando casi que en silencio la injusticia de la que aún es presa, al lado de ese busto atemporal y confuso que evoca una supuesta independencia que aún está muy lejos de ser realidad.

*Si usted cree que puede apoyar la causa de don Orlando de alguna manera, escríbanos a kycultural@gmail.com.