Por: Gabriel Toquica

Me desperté aquella mañana lluviosa sin ánimos de existir. Al abrir los ojos de inmediato una lágrima translucida se deslizó por mi pómulo izquierdo generando en la penitente madrugada un pequeño destello líquido de sensibilidad. Me quedé recostado por cinco minutos esperando que aquella sensación se marchara pero todo fue en vano pues la alarma del celular indicaba que era hora de entrar en el juego.

Al levantarme me aseguré de que mi pierna derecha fuera la primera en tocar el suelo, no quería que por motivos del azar un movimiento inadecuado incrementara la penuria de aquel día. Antes de entrar en la ducha decidí afeitarme, debía retirar aquella barba funesta que reflejaba en el espejo aquella sombra inaniciente de un hombre inexistente. Debo admitir que mientras retiraba cada centímetro de pelo en mi rostro, la idea de desviar la cuchilla y terminar con todo nunca se despejó.

Bajo la ducha, el agua tibia retiraba los excesos de tabaco y alcohol que recordaban la noche anterior, sin embargo, la tristeza de su pérdida aún permanecía en mi interior. Al salir de la ducha me sequé y luego me vestí con mis mejores prendas, un jean azul oscuro y un saco de paño. Era ese disfraz que durante las vacaciones ni siquiera toqué. Seleccioné de mi estante un libro de recopilaciones de Poe y junto a mi marcador y borrador emprendí camino hacia mi destino.

Luego de incansables multitudes y eternas esperas al fin tomé transporte, entonces me percaté que era uno más de la multitud, multitud criminal y desorientada que solo busca obtener un poco de compañía en tan desolado y aterrador lugar. Los reflejos en los vidrios empañados eran irreconocibles, ni siquiera los peinados extravagantes producían discriminación entre la masa. Bajé del bus y supe que era momento de presentar el show, dibujé en mi rostro una sonrisa de alambre y conduje mis zapatos de piel sintética hacia el edificio. Al ingresar no saludé al celador ni a mis compañeros. Me dirigí decididamente hacia mi lugar de trabajo, puse mi morral sobre el escritorio y levanté la mirada, entonces veinticinco seres atemorizados se encontraban frente a mí, ellos esperaban que desde mi irracionalidad los liberara del yugo de una educación sistematizada.