Por: Carolina Pava

‘Saber que te vas a morir te hace escuchar un pito largo y agudo en la cabeza’

¿Quién soy? ¿Para qué estoy aquí? ¿Soy feliz? Preguntas que deberíamos hacernos antes de enterarnos que nos queda poco tiempo de vida.

Cuando recibes la noticia de que te vas a morir sientes un pito largo y agudo perforándote la cabeza. Apagando el sonido de todo afuera. Dejándote a ti contigo mismo y ya. No hay nada más.

Cuando al fin logras volver a la realidad de la que te fuiste por un momento, como para acostumbrarte a que -ya prontico- no has de estar más en ella, vuelves a tu alrededor para verlo todo derrumbado: tu padre temblando del susto y tu madre llorando de tristeza.

Entonces pides que te cierren las ventanas y te dejen un rato a solas. Y otra vez quedas tú contigo mismo y ya. Nada más. Bueno, tú y una rabia espesa del que no entiende nada. Un rencorcito extraño que no pocas veces se hace banal. ¿Por qué mis amigos pueden ir a la fiesta y subir imágenes a las redes de cómo se divierten mientras yo solo puedo luchar por un día más de vida? Y otra vez esa rabia espesa del que no entiende nada, porque pocas semanas atrás tú hacías parte de la foto.

Más que miedo hay resignación. Y la respiración se corta con facilidad, como para acostumbrarte a que –ya prontico- se te ha de cortar del todo.

Cuando uno se va a morir ya no se encuentra más en el espejo. El reflejo que acostumbrábamos a ver, con el que nos identificábamos como un ser humano más de la gran masa de seres humanos que puebla este planeta, se hace extraño.

“¿Se me va a caer el cabello?”, fue lo primero que le preguntó Estefanía Pulido a su doctor. Leucemia: un diagnóstico impensable para una visita a urgencias por un simple dolor de estómago. Estaba invadida en más de un 94 por ciento, le advirtieron. Solo hasta ese momento, Tefa, como le dicen de cariño, entendió que tal vez no solo podría perder el cabello, sino también su vida. “Se me derrumbó todo”, dice.

Se enteró a sus 19 años, empezando su carrera como periodista y con toda una vida por delante. Y aunque le dieron esperanzas, no quería recibir tratamiento. “Prácticamente me obligaron. Lo que pasa es que yo sabía que iba a sufrir, que el proceso sería largo, que no iba a ser fácil… Pero no quería sentir dolor”, cuenta.

De hecho, esa petición, la de no sentir dolor, es una de las que más piden los pacientes a sus médicos. Así lo afirma José Nel Carreño, médico neurocirujano del dolor de la Fundación Santa Fe de Bogotá.

“Frecuentemente, ocurre que los pacientes asumen mejor su muerte que su entorno, sus familiares, sus parejas o sus amigos. Llega el momento en el que la persona asume su situación y en el proceso lo que más piden es no sentir dolor”, explica.

Sin embargo, en Colombia la atención integral de los pacientes tambalea. “Esto hay que volverlo a hacer”, sostiene el doctor Carreño, mientras explica las falencias en la prestación del servicio de salud en el país.

“Este es un país esquizofrénico. Basta con ver la sala de urgencias en la madrugada de un Hospital como la Fundación Santa Fe de Bogotá y compararla con la sala de urgencias, a la misma hora, en un hospital como el Meissen. Es increíble que la gente se esté muriendo de enfermedades que se pueden controlar. El nivel de desigualdad es alarmante”, advierte.

“Las muertes más duras de entender son las de las personas jóvenes. Los casos más comunes que llegan son accidentes de tránsito y, tristemente, traumas por violencia”, relata el médico quien tiene que convivir a diario con las despedidas, las lágrimas, la rabia y la resignación.

En el caso de Estefanía, una hospitalización de más de mes y medio fue el inicio de la lucha contra la enfermedad. “Todos me decían que no me rindiera, que fuera valiente. Es fácil decirlo cuando no eres el que lo está viviendo en carne propia”.

En medio del tratamiento, una neumonía por poco le quita la vida. “Estaba muy mal, me dieron salida del hospital, pero mi mamá no quedó tranquila, algo se le iluminó en su cabeza y me llevó a un médico particular. No podía acostarme, sentía que me ahogaba, era una sensación insoportable. Tuvieron que operarme de emergencia, entré en paro y casi no salgo de la operación. Al despertar, las enfermeras me decían que yo era un milagro”, aparta las lágrimas de su rostro y continúa.

“Yo era muy desligada de lo espiritual, me consideraba atea, siempre fui muy crítica con ese tema… Ahora sé que hay algo, no sé cómo llamarlo, pero algo que me salvó y me hizo entender que yo tenía un propósito”, sostiene.

Ángela Rubiano expone lo que vivió en sus más de 12 años como enfermera de pacientes en avanzada edad. “Encontré en ellos un asombro por lo sencillo. Me encontraba con pacientes que en sus últimos días querían, simplemente, ir al parque a ver el rocío de las hojas, a respirar, a ver la gente caminar, a sentir el sol de la mañana. Cosas que en nuestro afán diario no vemos, no disfrutamos e ignoramos completamente”.

Ángela, quien actualmente se desempeña como coach ontológica, relata cómo los pacientes que cuidaba y que entraban en etapa terminal empezaban a sentir la necesidad de ser perdonados y perdonar; de reconocer los errores que se cometieron en el camino; de morir tranquilos y sin culpas.

Una sensación que vivió Estefanía. “Yo me rendí, incluso había noches que pensaba que ojalá no despertara. Estaba tranquila, sentía que ya lo había dado todo, que ya era el momento de descansar”, recuerda. Sin embargo, luego de dos años, ganó la batalla.

Hoy continúa sus estudios como periodista, es de las mejores de su clase, su relación con su familia mejoró, incluso creó un proyecto para cuidar gatos –que además son su adoración- con su hermana, con quien no se llevaba bien antes de enfermarse.

La leucemia la transformó. No solo le quitó el cabello, algo a lo que tal vez hoy no le presta tanta atención como antes, también le dio la oportunidad de reconocerse como una mujer valiente y capaz. Una mujer que aún tiene muchas historias por contar.