Es un sábado de mayo. 4:30 de la tarde. Mientras algunos caminan por la calle y otros esperan el bus, empieza una gritería. Voltear a mirar hacia el sitio de donde viene la bulla es inevitable. La imagen, casi que increíble, hace fruncir el ceño de muchos de los espectadores. Un hombre quiere detener el paso de una buseta, al tiempo que su conductor sigue avanzando como si en frente no hubiera nadie.

Él es Cristian Cuevas, un motociclista que acusa al conductor del servicio público de cerrarlo y tumbarle un espejo.
Ambos están acalorados. El conductor ya decidió parar y se bajó de la buseta para medirse a madrazos con el motociclista. “Pirobo” va, “tontazo” viene.

Un limpiador de vidrios “engalochado” con bóxer les dice que no peleen, que “paz y amor”, que para qué llaman a la policía que seguro viene a inmovilizarles los vehículos.

Cristian ya no reclama por el espejo sino por lo que, asegura, es un intento de homicidio. La verdad es que todos lo vimos y, por lo menos yo, pensé, ¿qué tanto vale la vida?, ¿el espejo de una moto?, ¿la rabia de un momento?, ¿un celular?, ¿defender un territorio?, ¿defender la dignidad?

Acá en Colombia ya no se sabe. Son muchos los muertos y poco el dolor, la indignación: casi nula. Acá pasa de todo y pareciera que no pasa nada. Pero sí pasa. Como en una olla a presión, vivimos expuestos a un ambiente tenso y violento. La buseta al fin se va y, en su huída, uno de los pasajeros le da un escupitajo al motociclista, lo hace con rabia, lleno de odio. Odio por alguien que ni siquiera conoce.

Yo no sé desde hace cuánto somos así. Algunos se lo adjudican al narquito idealizado que cayó muerto en los noventas, no sin irse y dejarnos como legado una suerte de “la plata lo puede todo y la vida no vale nada”; otros dirán que la cosa viene de mucho más atrás, cuando nos mandaron lo peorcito de España; los asquerosos políticos actuales, incluso los de cinco décadas atrás no ayudan en la ecuación, tampoco lo hace la Iglesia ni los banqueros, todos confabulados en contra de nuestra humanidad, que al final es lo que se pierde cuando perdemos de vista el valor de la vida.

Una vez que fui a Palomino un tipo me dijo que un mamo le había explicado un día que “la vida es insuperable”. Sí que lo es. Pero también frágil, mucho. Por eso y por más, estaría bueno que, como dice un argentino en una canción, nos sacáramos el diablo del corazón.