Por: Lukas Tenjo / @lukastenjo /lukastenjo@gmail.com

Sonará a queja de adulto cuando digo: ¡ya la música no es como antes!

Y no es precisamente por falta de oferta, hoy en día es más fácil producir, interpretar o aprender las diferentes herramientas para crear sonidos, pero eso no quiere decir que todo el mundo pueda hacer música. Las herramientas están, el talento de seguro existe y los recursos se consiguen. No será esta una nueva crítica a géneros comerciales, más bien un llamado a ser responsables con lo que producimos.

Antes soñábamos con cumplir 18 para tener la excusa de hacer “cosas de adultos”, en algunos países esperan hasta los 21, en algunos casos muchos caen en cuenta de que son adultos pasados los 30… Pero desde hace ya más de una generación, la tecnología viene acortando más la brecha entre el conocimiento o las acciones preparadas para la mayoría de edad, y esto supone que hoy en día tenemos acceso a mucho más de un millón de veces la información que estaba disponible hace tan solo 10 años. El lenguaje cambia, los temas sociales cambian, el público migra y se asienta en nuevos ideales que determinan sus gustos artísticos. Acá llega la música… ¡No! La música siempre ha estado.

Esta última aclaración me lleva al tema de estas líneas. No se trata de ser adulto o niño, ni es una comparación entre géneros musicales; se trata de los escenarios (digitales o físicos) sobre los que no tenemos “control” y cómo, en estos espacios conformados por públicos inmensos –en su mayoría menores de edad– son impartidos mensajes que un ser sin las experiencias y la educación apropiada, puede asimilar como un valor negativo. No hay que ser psicólogo, sociólogo, filósofo, para reflexionar sobre los perjuicios de exponer a niños a líricas cargadas de connotaciones sexuales, machistas, conductas agresivas que incitan a violencia y demás, y ojo que no estoy hablando únicamente de géneros urbanos, el rock, el blues, incluso el pop “romántico” han marcado generaciones enteras con mensajes tanto positivos como negativos a través de su historia.

Los tiempos en los que la tecnología se encontraba “no tan al alcance de nuestra propia mano” nos permitían disfrutar un poco más de un solo producto; no nos perdíamos los conciertos por estar grabándolos, y no había mayor placer que escuchar un disco de principio a fin porque a veces daba pereza cambiar. Pero hoy en día basta un comando de voz o deslizar una pantalla para negarse a interactuar con una potencial obra de arte. A veces no sabemos qué estamos escuchando, pero nuestro cerebro y alma reaccionan a sonidos que agitan esa sensibilidad musical que cada uno de los seres humanos tiene. No hay que ser intérprete de instrumento para entender y disfrutar la música, pero dentro de esta experiencia la atención es primordial.

musicaTodo este enredo es para decir que los menores de edad hoy en día no disfrutan un concierto por estar pendientes del exceso de información, pero sí son capaces de cantar esos “himnos” con los que esta era de la información nos satura a diario. Un niño de 5 años no tiene la menor idea de los sentidos de las composiciones de canciones que hoy en día son top 5 en emisoras radiales locales.

La responsabilidad musical infantil con la que titulo esta opinión es un tema olvidado por la industria, que ve en el público joven un potencial consumidor, pero no genera ofertas a su demanda porque no es el público con el que pueden monetizar más rápidamente el consumo. Estamos en constante cambio e implementación de nuevos recursos para poder abarcar públicos más grandes, buscando también sectorizar –de manera mucho más acertada– a esos públicos para crear canales de comunicación directos que nos permitan vender más productos. ¿Pero estamos poniendo atención a los mensajes que estamos generando?

Mientras un artista emergente, erguido sobre una tarima cual estrella de pop, desfoga todo el arsenal musical al que le ha invertido seguramente millones, noches enteras de trabajo y demás sacrificios para que su pasión pueda convertirse en un proyecto de vida remunerado, una centena de niños observa desatento mientras revisan sus celulares, toman fotos, se burlan, corren, van vienen, en fin.
El sencillo del artista pasó desapercibido, con mayor razón si tiene una letra compleja con vivencias del amor y otras condiciones que definen a todos los seres humanos. Acá el artista debe hacer algo si quiere que este público al que le está mostrando su trabajo tenga aunque sea una conexión mínima con su existencia…

¡Bad Bunnyyy! – grita un niño.
¡Alzate! – exclama el público.
¡NOOO! ¡Malumaaa! – se escucha otra voz entre el público.
Finalmente, y considerándola la decisión más acertada, el artista empieza a entonar “la canción de moda”, al unísono; Y se abren paso los encandelillantes flashes, y los gritos juguetones de un recreo obligado se unen en un solo coro que obliga a todos a preguntarse ¿quién es ese que está cantando? ¡Eso lo conozco, eso me gusta!

Ahora sí todos quieren autógrafo y ahora sí todos quieren foto. Creo que así son los niños… ¿o los humanos?

Entre las reglas para hacer promoción con un artista emergente está tocar covers, y no existe crítica alguna para esto, las canciones de otros son la esencia de la experiencia musical al iniciar una carrera de artista, pero ¿por qué escogemos este o aquel cover? ¿porque es popular? ¿por la letra? ¿por gusto personal? ¿porque es “bueno”?

El artista también intenta componer como sus modelos a seguir porque seguro son su influencia, influencia generada por una sociedad que le impuso eso cuando descubría que quería hacer música. Acá el círculo vicioso se repite. Emergentes que componen de cierta manera porque ven que eso es lo que pega. En sus amplios repertorios son repetitivos acerca del amor defectuoso y condicionado, la infidelidad, el consumo, el odio y la banalidad como temáticas primordiales. Eso escucharon y eso transmiten. Pero a su vez, eso es lo que viven y no está mal.
Ahora, eso no es lo que deberían vivir los niños a una edad muy temprana, y eso sí está mal.

Aunque no es una revelación que los niños imitan lo que ven en algunos mayores, sí es un choque fuerte que un menor de 5 años se sepa canciones con contenidos tan explícitos que ni siquiera uno, dañado y aventurero, ha tenido la oportunidad de vivir. Las repiten una y otra vez y desconocen el significado de las palabras en sus rimas. Un niño no sabe lo que es una copa de odio, o lo que significa beberse lo del arriendo y el mercado, o que una mujer esté “tan buena” como para hacerle… ¿será que entienden que eso en cuatro no se ve? ¿cuatro qué… cuatro babys… felices los cuatro?

La música no es la misma y las generaciones tampoco, la cantidad de información es mayor y el fantasma del tío Ben siempre aparece en este tipo de contextos en los que “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. ¿Tienen todos que hacer música infantil para los niños (valga la redundancia porque hay gente que compone como un niño)? No. Tampoco se trata de no hacer música “popular”, “urbana”, “alternativa” o de no expresar esas vivencias o problemas del hombre. Pero es que los niños aún no son adultos y en su proceso educativo un bombardeo de mensajes, que ya no tienen nada de subliminales, escuchar tantas alusiones al sexo, a la degradación de la mujer en un objeto, a la admiración por lo material y la acumulación de bienes como meta para el éxito resulta nocivo en la conformación de su criterio. Al final la música es lo que menos importa. El modelo no es el ideal de arte o amor, tampoco lo es la poesía como una forma de expresión, es una estrategia de mercadeo para que nuestra infancia admire y recuerde a un intérprete al que tampoco le importa dar un mensaje integral y responsable.

Son entonces estos espacios, llámense medios, plataformas, tarimas, formatos, escenarios, entre otros, los que dejamos de lado porque la atención está concentrada en el público que consume, ¡Y TODOS CONSUMEN! Pero los daños colaterales de explotar una industria tienen secuelas generacionales. Y todos se asombran de la violencia contra la mujer. #Niunamás, pero prendemos el radio o buscamos los recomendados de las plataformas y nos vuelven a llenar de violencia. Y cantamos a pulmón herido.
Las ofertas son interminables, como consumidores podemos escoger qué oír así nos impongan las tendencias, pero aun siendo infinitas, no somos responsables porque no sabemos y/o no nos interesa; esa educación involuntaria que estamos recibiendo va dibujando huellas en nuestros valores. Ahora, imagínense el efecto en un ser en formación temprana.

No considero que todo sea música, pero la intención no es criticar géneros, artistas o diferentes expresiones, lo que hago es abrir el espacio al debate sobre los mensajes e intenciones en las letras de las composiciones. Ser artista implica responsabilidad y la industria olvida eso cada vez que abre un espacio para “entretener”. ¿Cuáles son esos modelos que estamos posicionando? ¿cuáles son los temas que abordamos y por qué?, ¿debe ser mi arte una construcción consciente para aportarle un granito de educación y valores a la sociedad, o solo seré una moda, una grosería y un mal mensaje?