Por: Johanna Ramírez Doncel

Entregarse a la amargura o la pasión es una necedad que lleva a la muerte.
La maldad no brota del suelo; la desdicha no nace de la tierra,
Es el hombre el que causa la desdicha; así como del fuego salen volando las chispas.
Dios atrapa al malvado y hace que fracasen sus planes,
¡a plena luz del día andan ellos a tientas envueltos en tinieblas como si fuera de noche!
JOB. 5: 2-16

Llevo más de tres años en este deambular eterno. Camino, camino, un incontrolable frío me acompaña. Creo que cuando me acerco a las personas ellas también lo sienten. Tenía una esposa, hermanos, una hija, todos se han olvidado de mí. A mi pequeña hija la veo cuando llega a la escuela o cuando llega a su casa. Nunca me he atrevido a hablarle y no creo hacerlo, es lo mejor para ella.

Todos los días veo los cambios que ha tenido la ciudad, los últimos gritos de la moda y a ella. Una mujer alta, rubia, hermosa, que llama fuertemente mi atención; pero no porque esté enamorado de ella, sino porque siento que la he visto antes, y no sólo eso; porque creo que hemos compartido momentos importantes de nuestras vidas.

A ella siempre la veo en el mismo lugar. Me mira de una forma extraña. Ella es la única persona en este mundo que se fija en mí. Algunas veces me asusta, pero en el fondo me seduce y la deseo. Anhelo recorrer cada centímetro de su cuerpo, hacerla mía enterita, lo que pase después no me importa.

Es increíble que en pleno verano yo sienta tanto frío. Sentado en una banca del parque, bajo el rayo del sol, no me logro calentar. Antes de salir de casa miré al espejo y me vi feo, demacrado. ¿Saben una cosa? Hoy mi hija me vio, o eso creo, porque corrió hacia mí, mirándome con tanta ternura que por segundos dejé de sentir frío. Igual, creo que yo me lo imaginé. Es imposible que ella pueda verme, pero así sea una ilusión me dio una inmensa alegría; claro, hasta el instante en el que su madre llegó con su nuevo novio (cosa que no me importa) y la apartaron de mi vista.

De mis hermanos no sé nada. Tampoco me interesa, pues ellos decidieron olvidarse de mí desde la mañana en que amanecí solo y lejos de casa, botado en un potrero. Mi conciencia es negra y retorcida, pero mis culpas ya no pesan. Igual, en su momento sentí necesidad de hacerlo y no me arrepiento.

A veces cuando duermo escucho el relinchar de un caballo. ¡Ah! Se me olvidaba contarles que hace muchos años viví en una ribera de la Arauca primorosa, en fin. Ya vi a mi hija. Ya no tengo más nada que hacer. Bueno, ir a deleitar mi vista con aquella mujer tan esquiva; hay posibilidad de verla como de no verla. Ya es hora de dormir pero no tengo sueño, tan sólo recuerdos negros y macabros como la imagen del caballo. Una vez hace muchos años tuve una amante. Una mujer muy ardiente. Era casada y tenía seis hijos. Hacíamos el amor en su lecho conyugal, en el baño, en la cocina, en la carretera. Era mucho mejor si el engañado cónyuge estaba por llegar, teníamos que tragarnos nuestros gemidos porque sus hijos estaban cerca.

Yo no era malo ¡lo juro! Pero esta mujer me impulsaba a hacer mil cosas. Un día le propuse que se fugara conmigo, pero ella me dijo que cerca o lejos su marido sería un obstáculo. Esa mujer era tan ardiente que con solo cruzarse delante de mí me daban ganas de estrujarla, botarla al piso, abrir sus piernas y… eso es precisamente lo que siento ahora por esta nueva mujer. En fin, para escaparse conmigo me pedía deshacernos de su esposo. Una tarde él venía de recoger en la escuela a su hijo más pequeño. Los dos venían cabalgando sobre un hermoso caballo blanco y mi amante lanzó una piedra sobre la cabeza de él. Los dos cayeron del caballo. Yo me lancé sobre aquel hombre y lo apuñalé sin piedad; él nunca soltó al niño, pero en ese momento mi amante le propinó múltiples golpes en la cabeza hasta que él murió. Después ella tomó al niño en sus brazos y comenzó a gritar desesperada que yo había matado a su esposo en presencia suya y de su pequeño niño. Hoy todavía escucho el relinchar del caballo en el preciso instante en que yo apuñalaba al hombre, aunque en realidad esa culpa ya no pesa en mi conciencia.

Hoy me dirijo de nuevo al parque frente al colegio de mi hija. Ella es tan tierna, tan dulce, tan diferente a mí. En una época a mí no me gustaba compartir nada con nadie. Si tenía invitados en casa la carne la cortaba según su grado de importancia. A veces llegan a mi mente imágenes mías cortando carne humana. ¡Mírenla! ¡Ahí está! Es la mujer que me seduce. A pesar de encontrarse tan lejos hace que cada parte de mi cuerpo se erice, paulatinamente mi miembro se levanta en dirección a ella. No me lo van a creer, pero en este momento ella se viene acercando a mí. No sé qué hacer. ¿Y mi hija? Esa mujer cada vez está más cerca. Creo que solo al sentir cerca su presencia, eyacularé ahora.

El inmenso frío que me invade es también por el roce de sus manos en mi rostro. Toma mi mano derecha alejándome de todo lo visible. No sé en qué momento llegamos tan lejos, pero este sitio es muy extraño, oscuro, húmedo, no sé por qué siento un extraño miedo. No hemos cruzado palabra alguna. Si intento hablar con ella posa su índice derecho sobre mis labios, excitándome aún más.

No sé dónde estamos, pero estar en un sitio tan alejado, tenebroso, solitario, inspira mis más bajas pasiones; ahora ella se detiene frente a mí, despojándose poco a poco de sus vestiduras. Cuando desabrocha su blusa veo caer sus dos pechos pequeños pero redondos. Mis manos actúan por sí solas, lanzándose sobre ella, apretándolos. Ella toma mi otra mano, recorre con ella su ombligo. Yo la rodeo por la cintura, la miro a los ojos, tomo su mentón, la beso apasionadamente y ella me corresponde. La empujo. Ella cae al piso. Con mis manos y mi lengua recorro todo su cuerpo, con violencia separo sus piernas y siento como si mi miembro fuese el vehículo por el cual todo mi ser navega dentro de ella; no puedo describir lo que siento en este momento. Acabo de explotar dentro de ella… Hay algo que me estremece. No sé si ella lo disfrutó, pues todo el tiempo permaneció con una risa diabólica. Su piel empezó a tornarse más pálida de lo normal. Pero esa expresión yo la he visto antes, ¡estoy seguro! El problema es que no me acuerdo dónde. Descanso mi cabeza sobre su pecho desnudo, el sueño está a punto de vencerme.

No sé qué me pasa. Siento como si tomaran mis manos y mis piernas, me halaran como si pretendieran desprenderme. Abro los ojos y veo un espiral que me está absorbiendo. Ella frente a mí se ríe, se alarga, al fondo está un hombre rojo, con cachos, y sus ojos me miran fijamente. Pareciera como si su mirada lanzara fuego hacia mí. Mi ardiente amante se transforma, ahora parece un cadáver. Me toma de la mano, llevándome al final del undívago, apareciendo en el potrero en el que amanecí una mañana hipotérmico, casi muerto. Ahora estoy en la casa de mis padres, en mi cuarto. Es la hora de dormir y puedo recordar dónde conocí a mi amante. Ella fue la mujer que esa noche me llevó a los brazos de Lucifer ¡Sí! Ahora me está haciendo vivir de nuevo esta pesadilla, pues estoy en un lugar rojo, donde hay fuego por todas partes y todos aquellos asesinos, tacaños, ladrones, que he conocido durante mi vida, se encuentran acá; pero no sólo ellos, también mis víctimas, la mayoría de los que asesiné, porque los niños sí deben estar en el cielo.

En medio del fuego hay gente colgada de cabeza: ellos proporcionan la carne para alimentar a los demás. De pronto, viene Lucifer. Se dirige hacia mí. Él y mi amante me llevan hacia un cuerpo, que es del hombre del caballo al que asesiné; de él debo cortar la carne para alimentar a los ladrones que asesiné a hachazos para quedarme con su dinero. A medida que corto la carne, todos se ríen. Cada minuto aquí es un año. ¡Qué impresión! Poco a poco veo llegar gente a la que dejé viva ¡No sé! Esto ya lo viví una vez… Hay gente nueva, estoy viviendo esto de nuevo.

– ¡Ja! ¿qué dijiste? ¿Te ibas a deleitar conmigo, y ya?-
– ¿En qué te has convertido?
– ¡No me he convertido, siempre he sido la encargada de llevarme a los que cumplieron su tiempo, pero un asesino como tú tenía que ir al infierno en vida!-

De nuevo estoy sentado en el parque, esperando a mi hija. Aún no lo puedo creer, ¡Ahí viene de nuevo! Es ella, la mujer ardiente me quiere llevar, me está llevando. Me encuentro en el último lugar donde hablé con mi esposa. Ella está con su amante. Me golpea en la cabeza, tiene mis manos y mis piernas atadas; frente a mis ojos hace el amor con su amante. Ahora me clava un cuchillo en el corazón. Otra vez la mujer ardiente me lleva con ella, vuelve a dejarme en el parque. Con una voz de ultratumba, la mujer hermosa se dirige a mí. Pero ya no es hermosa, parece un cadáver.

– ¡NO! Suelta mi cuello-
– ¿Qué creíste? ¿Qué descansarías en paz? Vivo hiciste mucho daño-
– ¡Sí, pero vivo fui al infierno –
– Pero por eso no tendrás el cielo –
– ¡Ya he pagado por mis culpas! –
– ¡Sí! Pero no tendrás perdón, eternamente vivirás en un purgatorio terrenal, cerca y lejos de los que amas –
– ¡Es lo que he estado viviendo! –
– Pero no tendrás paz, no te librarás de mí, debes pagar tu sacrilegio, pocos se atreven a tener un romance con la muerte.