Aunque hace poco tuve una mala experiencia, por beber dos tazas de forma seguida que me aceleraron de sobremanera, definitivamente el tinto tiene su magia.

Alrededor del café se han escrito y vivido grandes historias. En el Café Pasaje, una de las cafeterías más tradicionales de Bogotá, con más de 70 años de fundada, se reunieron a departir expresos, cortos, cafés con leche o simplemente tintos, personajes como Jorge Eliécer Gaitán y León de Greiff, entre otros cuantos mientras discutían de política o se ponían a leer libros.

Según Eduardo Galeano, en un café de Barcelona llamado Els Quatre Gats, Picasso ofreció la primera exposición de sus obras. También el Café Central de Viena, se convirtió en punto de encuentro y reunión de grandes personalidades del mundo del arte y la cultura, como Sigmund Freud y Franz Kafka.

Lastimosamente estos lugares se han ido extinguiendo. Por ejemplo, en la capital colombiana de 70 cafés que existían en el siglo XX y daban lugar a grandes tertulias, hoy en día solo quedan cinco. Sin embargo, el café está muy lejos de desaparecer. Una buena taza de ese negro licor acompañará tristezas y felicidades de amigos y enamorados, las reuniones de oficina y los chismes de empleados. El placer después de un buen polvo o las lágrimas de los despechados.

Definitivamente no es el café, es la experiencia que se vive entre cada uno de sus sorbos.