Por: Pablo Arciniegas.

La psicohistoria, en los libros de Isaac Asimov, es una ciencia capaz de predecir el futuro de la humanidad con un muy bajo margen de error. Su padre, Hari Seldon, es un estadista que mezcla los números y la psicología de masas, para descubrir que la sociedad a la que pertenece está en camino de la autodestrucción.

Acto seguido, lo culpan traidor por revelar esta verdad, y -aquí lo más fantasioso de la historia- es enviado con otros científicos al otro lado de la galaxia para seguir con su investigación. De haber nacido en nuestro tiempo, Seldon hubiera sido encerrado en un manicomio, desaparecido misteriosamente o, más probable, muerto de hambre por falta de financiación.

En fin, en Terminus, aquel planeta-destierro, el psicohistoriador y sus colegas se proponen crear una enciclopedia galáctica, un manual para que la humanidad no empiece desde cero después del ‘fin de los tiempos’. En pocas palabras, crear una civilización de individuos científicos.

Como la novela no termina aquí, los sucesores de Seldon se enfrentan, durante siglos, con civilizaciones que, más bien, parecen espejos de nuestro mundo o de nuestro país: de sacerdotes que promueven la ignorancia y la ridiculez, de gobernantes que claman la guerra y su pobreza, de políticos que destruyen el intelecto de su pueblo para aprovecharse de la confusión.

Sin embargo, la ciencia, y por tanto, la humanidad, siempre sale triunfadora de estos escenarios. Y no porque el proyecto de Seldon hubiera sido establecerla como una verdad incuestionable -depositada en unos cuantos-, sino porque la pone en su justa proporción: una manera de pensar bien.

No hallo en la literatura un ejemplo más bello, como esta historia de Asimov, para que, por fin, rescatemos la ciencia en Colombia, en especial en este momento tan preocupante por el que atraviesa (y que hemos olvidado en menos de una semana).

Imaginemos, por un momento, que tenemos acceso a la psicohistoria y que vemos el colapso de nuestro país. Supongamos que esta gran verdad llegue a todos los celulares y televisores, y que ningún político pueda hacer algo para ocultarla. Que sea tan evidente como la gravedad o la relatividad. ¿Qué vamos a hacer? ¿Cómo comenzará el primer año de nuestra historia? *

Es el primero de enero de una Colombia científica: los profesionales en todas las áreas de las matemáticas, ciencias naturales y las que revelan la condición humana -como las artes- le harán frente a la inminente catástrofe.

Las decisiones sobre lo que cultivamos, cómo nos transportamos, vendemos y cómo nos gobernamos, no dependerá de ineptos -como hoy-, sino de nuestra curiosidad por los hechos y cómo podemos probarlos: de la experimentación. La educación, del más pequeño hasta el más viejo, estará basada en este principio, y será para todos, porque en cada ciudadano, sin importar sus diferencias, se guarda la esperanza de sobrevivir.

En marzo de este nuevo calendario, entenderemos que da lo mismo la preservación de nuestra raza que la de la tierra. Nuestro alimento será resistente a las enfermedades y no terminará con las selvas y los bosques. Instalaremos generadores geotérmicos en nuestros volcanes y el dinero que malgastamos en guerras, siglos atrás, irá para plantas solares y producir un carbón limpio.

A mitad de año, conoceremos el futuro: la física cuántica saldrá de los salones de clases y la manipulación genética será realidad en todas las clínicas y laboratorios, erradicando enfermedades que diezman nuestro número y fuerzas. Cada día, conoceremos más nuestros orígenes y los del universo, y las artes prenderán la luz que nos pueda provocar el vacío de responder estos misterios.

Para octubre, ya habrá viajado un colombiano al espacio o al final del fondo de las Marianas, y con los demás países que decidieron optar por el conocimiento daremos los primeros pasos hacia el viaje interestelar. Pasarán milenios, millones de años, y cuando los nombres de Colombia, Tierra y Vía Láctea ya no importen, tal vez quede escrito en la historia que nosotros contribuimos a salvar la humanidad.

Esta es mi visión de un país distinto. Es posible que nos tome más años que a otras naciones alcanzar esta meta, pero la extinción no es una opción. Y no nos hace falta la psicohistoria para conocer el abismo frente al que estamos parados. Ya está sucediendo, aquí, cada instante que alguien muere de hambre, que discriminamos o escuchamos a los que carecen de argumentos y se enfrascan en avivar las llamas del odio y del miedo.

Sucede, cuando el presupuesto para la ciencia en nuestro país es un hazme reír o un valle de lágrimas. Sucede cuando somos indiferentes y no pintamos un futuro distinto. Pero, en mi caso, yo rescato una frase que me persigue desde mi adolescencia y es del Che Guevara -un hombre que, como todos, debe ser juzgado con la severidad de la historia-: “Seamos realistas, soñemos lo imposible”.

*Esta pregunta la tomé de Niel deGrasse Tyson, en Cosmos, una Odisea por el Espacio Tiempo.