Por:  Alias Le

Un aneurisma acaba con la vida de Orlando Onetto y al tiempo le da rienda suelta a Una mujer fantástica. “Mi nombre es Marina Vidal, ¿tiene algún problema con eso?”, pregunta ella, Marina, a pesar de todo y de todos.

La muerte y su intrínseco dolor, tumba a Marina de rodillas en el piso blanco y frío del baño de un hospital. Entonces, ahí, en el pedazo de imagen que se cuela en la pantalla por debajo de la puerta, se asoma un detalle sutil y potente: el encantador desgaste de la correita del bolso que lleva con ella cuando camina calle arriba y calle abajo, casi siempre encima de un par de tacones.

Es la correa desgastada de un bolso que ha acompañado a Marina a su trabajo en un restaurante, a sus clases de canto lírico y a sus presentaciones en un hotel en el que deleita a los asistentes con una sensual interpretación de ‘Tu amor es un periódico de ayer’. También es el bolso con el que entra y sale de la casa de su pareja, Orlando, en la que vive hace unos meses. Y esa correa desgastada es la que cruza su hermoso torso, cuando sale corriendo al hospital para tratar de preservar la existencia de ese al que ama –tal como lo haría cualquier otra, cualquier otro-.

“Es que te miro y no sé lo que veo”, le dice la exmujer de Orlando que luego, llena de asco, le sentencia: “pienso que en esto hay pura perversión”. Y ahí está Marina, devastada, en duelo y señalada, con ese gesto de no entender por qué resulta tan inexplicable que ella pueda ser lo que eligió ser, y más absurdo aún que vean depravación donde solo hay amor.

Cuando alguien le pregunta a Daniela Vega, la actriz que interpreta a Marina Vidal, si de volver a nacer preferiría hacerlo en el cuerpo de una mujer o en su cuerpo transexual, ella elige, sin dudar, lo segundo. “No nací en un cuerpo equivocado sino en un cuerpo a transformar”, dice esta chilena a quien sus padres, como ella misma lo explica, “decidieron darme alas en vez de castrarme, decidieron entregarme herramientas para que yo pudiera saltar por el precipicio sin caer al vacío inmediatamente”.

“¿Por qué hay amores que no se pueden vivir?, ¿por qué hay cuerpos que no se pueden habitar?”, se pregunta Daniela. Y yo añado, ¿por qué ubicar la perversión en el único lugar donde no tiene cabida, que es el amor?

Uno de los problemas de este sistema asqueroso -además de desviarnos de las perversiones reales como los políticos y los banqueros- es que nos hace creer que hay cuerpos ilegales, no solo son los trans, cuya tasa de mortalidad es del 49% -es decir que la mitad de ellos pierden la vida en su proceso de transición, bien sea porque se suicidan o porque los matan-, también son los migrantes, los pobres y tantos otros. ¿Cuáles son los cuerpos legítimos y cuáles no?, ¿quién tiene la potestad de marcar ese límite?

Marina Vidal y su correita desgastada, cuestiona y recuerda que hayamos nacido en la situación y el contexto que hayamos nacido, eso no nos define. Como tampoco nos define el nombre que nos dieron, ni la plata que tengamos en el bolsillo o el trabajo en el que gastamos las horas –y que en cualquier momento podemos dejar-. La vida es un constante tránsito y eso no es exclusivo de los transexuales, que no son tan distintos de los que no lo son, aunque a ellos –como dice Daniela- el Estado tantas veces los bloquee por eso.